martes, 9 de abril de 2013

La bulla espantó a los pájaros


             La bulla de los monos y guacamayas ha quedado desplazada en la selva guayanesa por los mineros cuya algarada de febril pedrería dispara hacía  las copas espantando la sonora tranquilidad de los pájaros.  Otra bulla comenzó a bullir en la selva ahora maltratada por la ambición dorada.  Donde hay bulla hay mineros, donde hay minero hay diamante y más bulla hay a medida que como río crecido va arrastrando todo cuanto la bulla abarca en la selva como el crocitar de aves y el bufidos de animales.  Son tantas mujeres como hombres, muchos hombres y mujeres tantas como hombres con la piel solana que van como ciegos cimbrados bajo el peso del guayare, atropellando la oscura humedad de la jungla.  Llevan los ojos ansiosos por una sed que parece no apagarse nunca.  Van a lo que después se vuelve bulla, bullicio, algarabía interminable que nadie sabe donde comienza y dónde habrá de terminar.  Sólo se sabe que lo que será en aquel lugar o en otro más allá del río y la quebrada, allá en el  bosque umbrío y sombrío, lleno de maraña o selva intrincada,  será después tierra arrasada, acribillada y deshecha, fuerza muscular hundida como barrena en la entraña de aluvión y greda que buscaba alrededor de las cribas yuxtapuestas la diminuta y centellante luz de una quimberlita apagada por los siglos.

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