sábado, 3 de agosto de 2013

El Paraíso equivocado de Colón


RECORRIDO ANECDÓTICO

POR LA HISTORIA DE GUAYANA


Américo Fernández

Grandes indicios son estos del Paraíso Terrenal, porque el sitio es conforme a la opinión de estos santos y sanos teólogos y así mismo las señales son muy conforme, que yo jamás leí ni oí tanta cantidad de agua dulce fuese así dentro y vecina con la salada.
         Esto escribió el Almirante en la mañana del 2 de agosto de 1498 cuando asomó a su vista el grandioso río de los uriaparias que ahora conocemos como Orinoco, suerte de decantación de los primitivos Uriñoko, Uriñik, Riñoko.
         Cavilaba  que por el delta del gran río tal vez asomaba el Paraíso Terrenal.  Él que navegaba desde hacía seis años, y ésta era la tercera travesía, lo barruntaba, pues en esa tarea andaba, tratando de encontrar ruta diferente para llegar por el Oriente, a la tierra que maravilló a Marco Polo; a la tierra del Gran Kan Kalilai.  Acaso ¿no lo testificaban las sagradas escrituras?  La Sacra Escritura testifica que Nuestro Señor hizo el Paraíso Terrenal en el Oriente y en él puso el Árbol de la vida.
El Paraíso terrenal o Jardín del Edén, en los tres primeros capítulos del libro del Génesis, aparece como la primera residencia de la humanidad donde vivieron Adán y Eva. El Edén se menciona en otros libros del Antiguo Testamento como lugar de gran fertilidad  y el nombre de por sí sigue evocando un lugar idílico.
Pero geográficamente ¿donde se ubicaba?  Aunque los especialistas contemporáneos tienden a considerar las descripciones bíblicas como imaginarias, la ubicación geográfica del Edén continúa en discusión. Colón frente al gran estuario del Orinoco creyó por un momento haber despejado la gran incógnita.
         Muchos años después de la muerte de Colón, historiadores connotados como el cronista y jurista hispano del siglo XVII, Antonio León Pinedo, ubicaban en América el Paraíso Terrenal, tal vez siguiendo las conjeturas colombinas.
Gregorio Gallegos, biógrafo de Colón dice en el capítulo referente a su tercer viaje que la exploración de la Península de Paria le hizo pensar que había descubierto el Paraíso Terrenal y que el Orinoco descendía del mismo Paraíso.  Razón tenía en sentirse maravillado de aquel bellísimo paisaje y la dulzura del clima.  Peo  Colón seguía aferrado a la idea de Asia.  Su creencia, como dice Las Casas se basaba en los textos de Pierre D´Ailly, el Génesis, Tolomeo y Séneca.  Ni siquiera se daba cuenta, como escribiera Morales Padrón “que había entrado en contacto con nueves culturas;  los indígenas estaban dotados de una mejor civilización que los antillanos, expresada en grandes canoas con cabina, en tejidos de algodón, en metalurgia (guamin, mezcla de oro y cobre), flechas envenenadas  y en el uso de la chicha”.
El fraile dominico Bartolomé de Las Casas, escribirá después que al abandonar las costas venezolanas para dirigirse a la Española, el almirante “vino ya en conocimiento que tierra tan grande no eran islas, sino tierra firme”.  En la fabulosa mente colombina la incertidumbre  le iba acercando cada vez a la verdad.
Pero lo que más trascendió y llamó la atención de aquel tercer viaje de Colón fue lo que vieron y comentaron los tripulantes de las barcas y que el Almirante dejó sentado en su diario de abordo:  “Llegué allí una mañana a hora de tercia, y por ver esta verdura y esta hermosura acordé surgir y ver esta gente de los cuales vinieron en canoa a la nao, arrogarme de parte de su rey que descendiese en tierra.  Y cuando vieron que no curé de ello, vinieron a la nao infinitísimo en canoas,  y muchos traían piezas de oro al pescuezo y algunos atados a los brazos algunas perlas:  holgué mucho cuando las vi, y procuré mucho de saber donde la  hallaban, y me dijeron que allí de  la parte del Norte de aquella tierra”.



viernes, 2 de agosto de 2013

Ordaz atraído por el Paraíso de Colón

Si así lo decía y dejaba en su diario de abordo registrado el Almirante Cristóbal Colón, que piezas de oro colgaban del pescuezo de los primitivos habitantes de aquellas tierras continentales,  y lo mismo que el oro las perlas relumbrando en sus brazos, entonces de verdad que podía ser el Paraíso Terrenal y fue este decir lo que deslumbró a Diego de Ordaz cuando hallándose junto con Hernán Cortés conquistando la tierra de los aztecas, renunció a todo cuanto había obtenido para navegar hacia el Sur en busca de las fuentes prístinas del gran río de las confluencias a pesar de los temores que le infundían, pero ¿si él había coronado el fuego volcánico del  Popocatepetl, cómo no acometer esa empresa donde sólo había que luchar contra las masas de  aguas empujando hacia el mar y los gnomos que guardan sus riquezas?
         Con el bauprés de sus barcas rompió la virginidad del río, pero a costa de mucha sangre indígena y de su propia tripulación que al final quedó diezmada por las flechas de las cuales pudo escapar gracias a que según su creencia estaba protegido por el cordón de la Orden de Santiago.  Pero si no se lo tragó el cráter encendido del Popocatepetl ni los pailones del Orinoco, terminó irremisiblemente lanzado en el océano después de morir repentinamente ¿envenenado? cuando junto con su contrincante Pedro Ortiz de Matienzo, Justicia Mayor de Cubagua, se dirigía a España a terminar de dirimir sus diferencias, pues éste lo acusaba de incursionar en esos predios de su jurisdicción que no pudo resolver la Audiencia de Santo Domingo.
Exactamente,  la capitulación de conquista sólo facultaba a Diego de Ordaz para explorar y poblar desde el Marañón (Amazonas) hasta Macarapana (Estado Sucre) en tierra continental, por lo tanto no podía abarcar Nueva Cádiz (Cubagua) donde abundaban las perlas que Colón había visto deslumbrar en los brazos de los mancebos primitivos del supuesto Paraíso Terrenal.
         Diego de Ordaz sepultado en el mar tenebroso no pudo volver a España para reencontrarse con Castroverde de Campos (Zamora) donde nació hacia 1480. Él que había acompañó a Alonso de Ojeda en su viaje a Cartagena de Indias (1509), que estuvo también con Juan de la Cosa, a quien vio morir atravesado por una flecha envenenada, en fin con Diego Velázquez de Cuéllar en Cuba (1515) y con Hernán Cortés en México, terminaba su vida de manera tan trágica.
Provisto de la capitulación con la cual soñaba entrar al Paraíso Terrenal de Colón, había salido de Sanlúcar el 20 de octubre de 1530, pero ya vemos cuál fue su suerte. De esta temeraria expedición sólo le quedó el mérito histórico de haber sido el fundador de San Miguel de Paria (1531) y de ser el primer europeo en remontar el río Orinoco (23 de junio), llegando hasta la confluencia con el río Meta.
         Lo sustituyó en su afán, Alonso de Herrera, quien si bien es cierto remontó el río más allá del punto anterior, no pudo, sin embargo,  retornar porque a este si es verdad que se lo tragaron los pailones después de haber sido traspasado por siete flechas ungidas con curare.
         La tercera expedición a lo largo del río la hizo el segoviano Antonio de Berrío,  al revés, es decir, no desde el Delta sino desde el Meta, pero en vez de encontrar ónice y oro como pretendía el Comendador de la orden de Santiago, encontró mala fortuna pues lo perdió todo, 100 mil pesos en oro que su noble mujer María de Oruña había heredado de su tío Gonzalo Jiménez de Quesada, el fundador del Reino de Granada; pero por lo menos le dejó a las tribus de Morequiito una ciudad que todavía perdura a la orilla del río, aunque no con el primigenio nombre de Santo Tomás, apóstol de su devoción, sino con el del otro, el apóstol de la libertad.



jueves, 1 de agosto de 2013

Los Ewaipanomas

Después de Walter Raleight, nadie más ha dado cuenta de los fenomenales  Ewaipanomas desplazándose por parajes umbríos del sur de la Guayana, con sus potentes arcos y haz de flechas a la espalda.  Nadie más los ha visto caminar de un lado a otro de la intrincada selva del Caura, donde los ubicó  con pelos y señales el mimado caballero de las Reina Virgen de Inglaterra.
         Los Ewaipanomas fueron descritos y  dibujados por Walter Raleight como seres descabezados, con el sólo tronco y extremidades.  La caja torácica  con los componentes vitales de la cabeza: ojos, nariz, boca, oídos, y una especie de cúpula donde posiblemente se localizaba el cerebro.  La cabellera larga desprendida de los hombros y la complexión  de estos increíbles seres, eran tan atlética como la de cualquier expedicionario de la época del siglo diecisiete.
         Pero, ¿A qué se dedicaban los   fantásticos pobladores de las cuencas del Caura, del Aro y del Erebato, moradores de las simas de Jaua y Sarisariñama?  Según la leyenda, se dedicaban preferentemente a custodiar las inmensas riquezas de la región, traducida en oro y otros minerales que todavía se buscan con  avidez desbordada.
         Reforzando  la humana barrera de los  Ewaipanomas  estaban unas  bellas y esculturales mujeres semidesnudas cabalgando siempre sobre caballos de vistosa alzada.  Amazonas sin maridos que vivían en permanente celibato para sublimar su cultura de intocables e inexorables guardianas de los arcanos tesoros de la selva.
         Los Ewaipanomas y Amazonas conocían de los secretos del oro, de las piedras preciosas y de las aguas de los ríos. Aguas de la eterna juventud. Aguas que ingeridas en determinadas horas podían dar la muerte como la eterna vida, sin tener como Dorian Gray que venderle el alma al Diablo.
Pero el caballero inglés no tenía como prioridad de su expedición la fuente de la eterna juventud sino El Dorado.  Encontrando al Dorado, todo después sería más expedito.  El no estaba enfermo ni impaciente como Juan Ponce de León por hallar el manantial de agua cristalina con poderes mágicos que se suponía estaba situado “más allá de donde se pone el sol”. Circulaba como moneda corriente a principios del siglo dieciséis que cualquier persona herida o enferma que se sumergiera en sus aguas no sólo se reponía, sino que podía recuperar el vigor de la juventud.
Cuando Ponce de León, enfermo y ya de avanzada edad, sintió que le flaqueaban sus fuerzas, pidió al rey de España, Carlos I, permiso para explorar y descubrir la Fuente de la Eterna Juventud. Sin embargo, el día de Pascua Florida de 1513, se encontró con un territorio al que le dio el nombre de Florida y en el que no encontró la apreciada fuente. Siguió persiguiéndola sin resultados y, herido y maltrecho, sus hombres le llevaron a Cuba, donde murió anhelando la fuente de la juventud. Otros muchos exploradores siguieron buscándola por Guayana y las Antillas.
Son muchos quienes creen que los misteriosos Ewaipanomas deben andar por allí, por algún  lugar muy inescrutable de la selva, eludiendo la incesante penetración de los buscadores de riquezas, de los doradistas de ayer como Gonzalo Jiménez de Quesada, Antonio de Berrío, el mismo Sir  Walter Raleight y de los de hoy armados de batea y suruca y hasta de los vecinos Garimpeiros, muy provistos no de mosquetes, lanzas y armaduras como los antiguos buscadores de El Dorado, sino con helicópteros, poderosas sierras eléctricas para deforestar y máquinas hidráulicas, para horadar el suelo hasta donde se ocultan las vetas confundidas con las poderosas raíces de árboles  gigantes y robustos.
          



miércoles, 31 de julio de 2013

El Tabaco de Chirica

Chirica es más y mejor conocida por la Batalla que en abril de 1817 libró en ella Manuel Piar, que por la primera siembra de tabaco que se registró en Guayana.
         No sólo fueron en Chirica los primeros cultivos de Tabaco sino que produjo las primeras divisas de contrabando con los holandeses  en tiempos del gobernador Fernando de Berrío, segundo de la generación de los Berríos fundadores de la Provincia de Guayana y el Dorado.
         Muy pocos saben que la capital de la provincia despoblada por el hambre y el asedio de piratas e indios rebeldes, estuvo asentada en la Mesa de Chirica luego de la muerte de don Antonio de Berríos.
         A la muerte de Antonio de Berrío en 1597, Santo Tomé, como dice Pablo Ozaeta,  era solo una sombra, después del fracaso de la gran inmigración traída por Domingo de Vera; una aldea despoblada por el hambre y los ataques de los indios. Los pocos sobrevivientes se defendían con el ganado conseguido por Fernando de Berrío, hijo de Antonio, y unas pequeñas huertas en tierra demasiado ácida.
Había que buscar un sitio más seguro, no sólo defendible sino de tierras buenas para el fomento de la agricultura y la cría. En 1598, el joven Fernando reúne y plantea a los vecinos esta necesidad que fue bien acogida dada la situación precaria en que vivían.  Ya su lugar teniente y varios soldados había explorado las cercanías y encontraron que el sitio ideal era un lugar que los indios nominaban “Chirica” que en su lengua significa “Estrella de la buena suerte”.
Allá fue a tener la esmirriada población. Chirica además parecía adecuada para el cultivo del tabaco que desde la llega de Colón aromaba las cortes europeas. Años después, ese sería el principal producto de exportación de Guayana, que en 1622 enviaba a España 2.000 arrobas de tabaco de buena calidad, aunque no tan apreciado como el de Barinas.
Para entonces ya en el valle de Caracas tanto indios como hispanos se habituaban al mágico humo del tabaco al cual le atribuían propiedades medicinales y efectos narcóticos muy expansivos y relajantes   El gobernador de Caracas, Juan de Pimentel no pasa por alto esta costumbre y explica al Rey en 1579, cómo tanto naturales como hispanos utilizaban la hoja de la planta una vez puestas al secado: “Lo toman los españoles y naturales en humo por la boca  y molido por la nariz. Lo tienen por muy medicinal aunque acá no se sabe aplicar bien.  Muchos naturales curan con este tabaco especialmente humores fríos y heridas…”
A medida que transcurría el tiempo, al Tabaco le fueron encontradas otras propiedades  o aplicaciones como el cocimiento suave de las hojas verdes en lavativas para combatir la paresia intestinal y también en los casos de hernias estranguladas.  Igualmente confeccionaban un preparado  contras las neuralgias y contra el reumatismo.  Asimismo, las hojas frescas en infusión la aconsejaban contra la sarna.
De suerte que la hoja del Tabaco, seca o verde, se prestaba y aprovechaba para atacar muchos males en el campo de la medicina empírica y por otro lado para la relajación o euforia espiritual.  De allí su importancia comercial al lado del cacao que los hispanos pensaban traer desde la Esmeralda donde se daba muy bien y para ello Centurión quería abrir un camino hasta La Carolina.
Los cultivos del Tabaco se dieron muy bien desde Chirica hasta el valle de San Antonio de Upata y logró desde fines del siglo dieciséis un aumento extraordinario hasta el punto de que se limitó durante un tiempo su cultivo para evitar el contrabando.  La exportación ilegal del Tabaco a países distintos a España, principalmente a Holanda, obligó a que la Corona prohibiese cultivo en zonas cercas a las costas.  Posteriormente las autoridades coloniales establecieron el llamado “estanco del tabaco”, embargo o prohibición del curso y venta libre del producto.


martes, 30 de julio de 2013

La Gran Sabana de Berrío

Don Fernando de Berrío, gobernador de la Provincia de Guayana, tras la muerte de su padre en 1597, pensando en la conveniencia de levantar una nueva ciudad, buscaba tierras no tan áridas y calurosas como la de Santo Tomás de Guayana y localizó lo que hoy conocemos como la Gran Sabana.  
         Pablo Ozaeta dice en sus Relatos sobre Guayana, que armó una expedición al mando de su lugar teniente, Domingo de Vera Irbagoyen, y éste encontró hacia el Sur unas tierras altas y más frescas que las del Orinoco.   Allí Fernando de Berrío colocó las primeas piedras de su ciudad soñada y la bautizó con el nombre de  Los Arias.
         Inmediatamente después escribió al Rey Felipe II informándole del suceso y destacando que las tierras eran muy fértiles y escasamente montañosas, pero que necesitaba inyectarle unas 300 personas que muy bien pudiera hacer venir de Puerto Rico para comenzar allí una actividad urbana y rural que sirviera de expansión a la provincia.
         Las 300 personas que requería Berrío para comenzar a poblar  esa inmensa extensión del Sur que ha sido declarada Monumento Natural de la Humanidad, nunca llegaron  ni jamás se supo por qué quiso poner ese nombre de “Los Arias” que no aparece en los antecedentes históricos de la  fundación del municipio.
Sabemos por referencia que en los primeros estudios cartográficos realizado en la zona por el explorador  Félix Cardona Puig  aparece con el nombre de “Gran Sabana” no obstante que para la época, comienzos del siglo veinte, la zona de Ciudad Bolívar que se extendía hasta más allá del Polideportivo Heres se llamaba así “La Gran Sabana” y “Sabanita” a la zona occidental del Río San Rafael.
         La Gran Sabana está actualmente atravesada por una carretera desde El Dorado a Santa Elena de Uairén  a 200 metros de altitud hasta los 1500 en menos de 30 kms, en un lugar apropiadamente denominado La Escalera. Su condición de sabana se  debe  a la constitución rocosa y arenosa de los suelos, aunque pueden observarse manchas de selva en algunas depresiones y, sobre todo, selvas de galería junto a los ríos.
Esta salpicada por macizos antiguos muy erosionados en forma tabular llamados tepuyes, ejemplos de relieve invertido, que conforman una clase de mesetas típicas de las Guayanas, las cuales, en la Gran Sabana, alcanzan su máxima altitud en el Tepuy Roraima, con 2.800 metros sobre el nivel del mar.
La ciudad más importante de la zona es Santa Elena de Uairén, con una población aproximada de 29.000 habitantes, y ubicada cerca de la frontera brasileña. Se encuentra a una distancia aproximada de 1.400 km de Caracas.
Dentro de la Gran Sabana se halla el Parque Nacional Canaima creado mediante decreto el 12 de junio de 1962 con una superficie aproximada de un millón (1.000.000) de hectáreas. En 1975 sus dimensiones fueron ampliadas a 3.000.000 de hectáreas (30.000 km²)  lo que lo convierte en el sexto parque nacional (en dimensiones) en el mundo.
La etnia Pemón es el grupo más numeroso de los indígenas en la región.  Se encuentran esparcidos por todo el Parque Nacional Canaima y se dividen en tres grandes grupos: Arekunas, Taurepanes y Kamarakotos, amables, tranquilos y trabajadores. Son los habitantes comunes de la Gran Sabana y hoy en día se han compenetrado en la actividad turística, manejan y administran posadas y sirven de guías en expediciones por la región, también hablan con facilidad el inglés.
El idioma de casi todos los indígenas de la zona es el Pemón, lengua de la familia caribe emparentada con los extintos Tamanacos y Chaimas.
Para llegar a la Gran Sabana es necesario transitar la carretera asfaltada que la cruza entre El Dorado y la frontera con el Brasil, igualmente puede tomarse un avión hasta Santa Elena de Uairén.


lunes, 29 de julio de 2013

La mala racha de Berrío


El 21 de diciembre de 1595 se registra como fecha de la fundación de la capital de la Provincia de Guayana  por el Capitán Antonio de Berrio, frustrado  buscador de El Dorado, que  siguiendo las huellas del Adelantado Gonzalo Jiménez de Quesada,  se internó en tierras del Orinoco para posesionarse de ellas a nombre de su Rey Felipe II.
         Pero esa fecha ni antes ni ahora se ha celebrado y pocos quizás la recuerdan, simplemente porque esa primigenia ciudad la conmutó el tiempo.  No tuvo fortuna en ese sentido el Capitán, siempre lo acompañó la mala racha.
Concibió el nombre de San José de Oruña para  testimoniar la admiración que sentía por el santo carpintero y su mujer María, quien le dio  diez hijos, entre ellos dos varones tan arrogados como él: Fernando, dos veces Gobernador de Guayana, y Francisco, Gobernador de Caracas.  Ambos desaparecieron, uno ahogado y el otro durante un secuestro.
         Ninguno de los nombres que le inspiraron paisajes y lugares, permanecieron.  Quiso que el río Meta se llamara Candelaria, pero Meta se quedó desde que nace en territorio colombiano hasta fluir sus aguas en el Orinoco.
         Fundó un pueblo con el nombre  de San José de Oruña en la Isla de Trinidad, donde fue a parar durante la tercera  expedición que le permitió  descender el Orinoco, pero tampoco tuvo suerte
         La suerte de Berrio fue aun más paupérrima con  Santo Tomás, pueblo fundado en la orilla derecha del Orinoco, justo donde moran  desde hace más de cuatro siglos  los  Castillos San Francisco y el Padrastro.  Este pueblo o ciudad fue seis veces saqueado  y quemado por corsarios y piratas de países enemigos de España y terminó  mudado con el nombre de Angostura, hoy Ciudad Bolívar,  que en vez del Apóstol tiene como patrón o patrona a Nuestra Señora de las Nieves.  Para colmo, los administradores contemporáneos de esta provincia fundada por él, nada o casi nada le han reconocido a la hora de erigir  nuevos pueblos, en cambio, no ha  ocurrido lo mismo con Diego de Ordaz (Puerto Ordaz) que fue tan bárbaro y cruel con nuestros indios.  Berrío por antítesis, aun cuando se le carga la muerte de Morequito, era todo un “valiente caballero”, por lo menos así  lo reconoció  su enemigo Sir Walter Raleigh.
Definitivamente que Santo Tomás de la Guayana  no fue afortunada en el Bajo Orinoco ni tampoco su fundador. Antonio de Berrío, quien malgastó en la ilusión de El Dorado la fortuna de su esposa y de sus hijos.  Murió arruinado y recriminado. Una hispana de armas tomar, indignada por los desaciertos y poca suerte de la ciudad en ciernes, se fue al despacho de Berrío donde se hallaba reunido con varios capitanes, y vaciando en el suelo un zurrón con 150 doblones, lo increpó de esta manera: “Tirano, si buscas oro en esta tierra miserable, donde nos has traído a morir; de las viñas, tierras y casas me dieron esto y lo que he gastado para venirte a conocer, aquí está, tómalo”. 

Y los doblones lanzados contra el piso de piedra sonaron como preaviso de los dobles de las campanas del santuario religioso días después por la muerte de don Antonio, quien ejercía la Gobernación por dos vidas, de manera que le sucedió su primogénito hijo Fernando de Berrío y Oruña, demasiado joven, apenas veinte años, pero astuto y atrevido puesto que para poder sostener la ciudad burló mandatos reales que prohibían el comercio de contrabando y el tráfico de indios capturados por mercaderes holandeses en Barima.  Por ello fue enjuiciado y destituido.  La ciudad continuó dando tumbos hasta que después de la Expedición de Límites, recomendaron su reubicación mucho más arriba de la confluencia del Orinoco con el Caroni, justamente donde el río angosta sus aguas ente dos rocosas colinas y una Piedra en el medio.

domingo, 28 de julio de 2013

El Indio Cristóbal Uayacundo


Este indio guayano acompañó a Sir Walter Raleigh hasta el cadalso y vio cortarle la cabeza.  Uayacundo era su nombre aborigen y Cristóbal el de bautizo con el cual lo cristianizó  el Vicario del Convento San Francisco antes de recomendarlo a Diego Palomeque de Acuña, Gobernador de la Provincia de Guayana, cuando lo asimiló como criado. Era un indio puro de piel broncínea, rápido, intuitivo y movimientos ágiles como todos los de su estirpe.
         Diego Palomeque de Acuña había llegado el 8 de noviembre  de 1615 a tomar posesión de la gobernación de la Provincia de Guayana, pero un día vinieron seiscientos soldados del caballero inglés Sir Walter Raleigh en dos navíos y una carabela en busca de la ciudad que servía de puerta principal en el camino hacia la misteriosa ciudad de El Dorado, pero los escasos habitantes de esa ciudad bautizada el 21 de diciembre de 1595 con el nombre de Santo Tomás de Guayana, le hicieron frente.
El entonces Gobernador Palomeque tan sólo contaba con medio centenar de hombres para defender la ciudad, además de dos piezas de artillería y cuatro cañones pedreros.  Con tan menguados recursos el Gobernador resistió heroicamente, hasta que una bala lo desplomó para siempre en aquella orilla del río, pero he aquí que del otro bando también murieron varios oficiales, entre ellos, Wat, de 25 años, hijo de Walter Raleigh, quien  había quedado quebrantado de salud en Trinidad.
Sir Walter, quien se había quedado en Trinidad, se enteró de la noticia al mes siguiente y se violentó tanto haciendo cargos al Capitán Lorenzo Keymes, jefe de la expedición, que éste, deprimido y dolido, terminó suicidándose de un pistoletazo a bordo de uno de los barcos de la flota.
Cristóbal Uayacundo formaba parte del botín y cruzó por primera vez el Atlántico abordo del buque “Destiny” y quedó deslumbrado cuando desembarcó en el puerto de Plymouth que durante el siglo XVI llegó a ser la base de las expediciones de Walter Raleigh y Francis Drake.
Releigh se empeñaba en que Cristóbal aprendiera el inglés para que le contara lo que se decía de la ciudad dorada, pero el tiempo no le alcanzó.  Mientras  Raleigh anclaba en Plymouth el 21 de junio de 1618,  el Conde Gondomar, representante español, denunciaba ante el Rey Jacobo Primero la invasión, saqueo, muerte y quema de Sano Tomás de Guayana y pedía al soberano condena  y reparación de los daños.
En aras de la paz y buenas relaciones con España, Raleigh fue apresado y conducido de nuevo a las Torres normandas donde ya había estado antes y se había consagrado como escritor y poeta. De allí como pudo se fugó, pero pronto fue capturado en las orillas del Támesis. Esta circunstancia aceleró su castigo y el 29 de octubre de 1618 su cabeza rodó tras el golpe  fatal del hacha del verdugo y ante los ojos aterrado del indio guayano Cristóbal Uayacundo arrebujado en una capa y confundido entre la muchedumbre que presenciaba la más cruel y salvaje de las condenas.
Sir Walter Raleigh tenía 66 años cuando fue decapitado: “Permítame verla.  ¿Crees que tengo miedo?” dicen que dijo y el verdugo le entregó el hacha cuyo filo acarició con estas palabras: “He aquí una medicina fuerte pero que vence todas las enfermedades”.
- ¿Y de qué lado os provoca recostar la cabeza, Sir?
- Si el corazón está bien puesto nada importa el lado en que esté colocada - respondió el poeta.  El indio bajó la cabeza y camino embutido en lo que serían sus largas noches de insomnio mientras las hojas del otoño ya anunciando la proximidad del invierno, formaban un manto lúgubre sobre las calles húmedas de Londres.