sábado, 3 de agosto de 2013

El Paraíso equivocado de Colón


RECORRIDO ANECDÓTICO

POR LA HISTORIA DE GUAYANA


Américo Fernández

Grandes indicios son estos del Paraíso Terrenal, porque el sitio es conforme a la opinión de estos santos y sanos teólogos y así mismo las señales son muy conforme, que yo jamás leí ni oí tanta cantidad de agua dulce fuese así dentro y vecina con la salada.
         Esto escribió el Almirante en la mañana del 2 de agosto de 1498 cuando asomó a su vista el grandioso río de los uriaparias que ahora conocemos como Orinoco, suerte de decantación de los primitivos Uriñoko, Uriñik, Riñoko.
         Cavilaba  que por el delta del gran río tal vez asomaba el Paraíso Terrenal.  Él que navegaba desde hacía seis años, y ésta era la tercera travesía, lo barruntaba, pues en esa tarea andaba, tratando de encontrar ruta diferente para llegar por el Oriente, a la tierra que maravilló a Marco Polo; a la tierra del Gran Kan Kalilai.  Acaso ¿no lo testificaban las sagradas escrituras?  La Sacra Escritura testifica que Nuestro Señor hizo el Paraíso Terrenal en el Oriente y en él puso el Árbol de la vida.
El Paraíso terrenal o Jardín del Edén, en los tres primeros capítulos del libro del Génesis, aparece como la primera residencia de la humanidad donde vivieron Adán y Eva. El Edén se menciona en otros libros del Antiguo Testamento como lugar de gran fertilidad  y el nombre de por sí sigue evocando un lugar idílico.
Pero geográficamente ¿donde se ubicaba?  Aunque los especialistas contemporáneos tienden a considerar las descripciones bíblicas como imaginarias, la ubicación geográfica del Edén continúa en discusión. Colón frente al gran estuario del Orinoco creyó por un momento haber despejado la gran incógnita.
         Muchos años después de la muerte de Colón, historiadores connotados como el cronista y jurista hispano del siglo XVII, Antonio León Pinedo, ubicaban en América el Paraíso Terrenal, tal vez siguiendo las conjeturas colombinas.
Gregorio Gallegos, biógrafo de Colón dice en el capítulo referente a su tercer viaje que la exploración de la Península de Paria le hizo pensar que había descubierto el Paraíso Terrenal y que el Orinoco descendía del mismo Paraíso.  Razón tenía en sentirse maravillado de aquel bellísimo paisaje y la dulzura del clima.  Peo  Colón seguía aferrado a la idea de Asia.  Su creencia, como dice Las Casas se basaba en los textos de Pierre D´Ailly, el Génesis, Tolomeo y Séneca.  Ni siquiera se daba cuenta, como escribiera Morales Padrón “que había entrado en contacto con nueves culturas;  los indígenas estaban dotados de una mejor civilización que los antillanos, expresada en grandes canoas con cabina, en tejidos de algodón, en metalurgia (guamin, mezcla de oro y cobre), flechas envenenadas  y en el uso de la chicha”.
El fraile dominico Bartolomé de Las Casas, escribirá después que al abandonar las costas venezolanas para dirigirse a la Española, el almirante “vino ya en conocimiento que tierra tan grande no eran islas, sino tierra firme”.  En la fabulosa mente colombina la incertidumbre  le iba acercando cada vez a la verdad.
Pero lo que más trascendió y llamó la atención de aquel tercer viaje de Colón fue lo que vieron y comentaron los tripulantes de las barcas y que el Almirante dejó sentado en su diario de abordo:  “Llegué allí una mañana a hora de tercia, y por ver esta verdura y esta hermosura acordé surgir y ver esta gente de los cuales vinieron en canoa a la nao, arrogarme de parte de su rey que descendiese en tierra.  Y cuando vieron que no curé de ello, vinieron a la nao infinitísimo en canoas,  y muchos traían piezas de oro al pescuezo y algunos atados a los brazos algunas perlas:  holgué mucho cuando las vi, y procuré mucho de saber donde la  hallaban, y me dijeron que allí de  la parte del Norte de aquella tierra”.



viernes, 2 de agosto de 2013

Ordaz atraído por el Paraíso de Colón

Si así lo decía y dejaba en su diario de abordo registrado el Almirante Cristóbal Colón, que piezas de oro colgaban del pescuezo de los primitivos habitantes de aquellas tierras continentales,  y lo mismo que el oro las perlas relumbrando en sus brazos, entonces de verdad que podía ser el Paraíso Terrenal y fue este decir lo que deslumbró a Diego de Ordaz cuando hallándose junto con Hernán Cortés conquistando la tierra de los aztecas, renunció a todo cuanto había obtenido para navegar hacia el Sur en busca de las fuentes prístinas del gran río de las confluencias a pesar de los temores que le infundían, pero ¿si él había coronado el fuego volcánico del  Popocatepetl, cómo no acometer esa empresa donde sólo había que luchar contra las masas de  aguas empujando hacia el mar y los gnomos que guardan sus riquezas?
         Con el bauprés de sus barcas rompió la virginidad del río, pero a costa de mucha sangre indígena y de su propia tripulación que al final quedó diezmada por las flechas de las cuales pudo escapar gracias a que según su creencia estaba protegido por el cordón de la Orden de Santiago.  Pero si no se lo tragó el cráter encendido del Popocatepetl ni los pailones del Orinoco, terminó irremisiblemente lanzado en el océano después de morir repentinamente ¿envenenado? cuando junto con su contrincante Pedro Ortiz de Matienzo, Justicia Mayor de Cubagua, se dirigía a España a terminar de dirimir sus diferencias, pues éste lo acusaba de incursionar en esos predios de su jurisdicción que no pudo resolver la Audiencia de Santo Domingo.
Exactamente,  la capitulación de conquista sólo facultaba a Diego de Ordaz para explorar y poblar desde el Marañón (Amazonas) hasta Macarapana (Estado Sucre) en tierra continental, por lo tanto no podía abarcar Nueva Cádiz (Cubagua) donde abundaban las perlas que Colón había visto deslumbrar en los brazos de los mancebos primitivos del supuesto Paraíso Terrenal.
         Diego de Ordaz sepultado en el mar tenebroso no pudo volver a España para reencontrarse con Castroverde de Campos (Zamora) donde nació hacia 1480. Él que había acompañó a Alonso de Ojeda en su viaje a Cartagena de Indias (1509), que estuvo también con Juan de la Cosa, a quien vio morir atravesado por una flecha envenenada, en fin con Diego Velázquez de Cuéllar en Cuba (1515) y con Hernán Cortés en México, terminaba su vida de manera tan trágica.
Provisto de la capitulación con la cual soñaba entrar al Paraíso Terrenal de Colón, había salido de Sanlúcar el 20 de octubre de 1530, pero ya vemos cuál fue su suerte. De esta temeraria expedición sólo le quedó el mérito histórico de haber sido el fundador de San Miguel de Paria (1531) y de ser el primer europeo en remontar el río Orinoco (23 de junio), llegando hasta la confluencia con el río Meta.
         Lo sustituyó en su afán, Alonso de Herrera, quien si bien es cierto remontó el río más allá del punto anterior, no pudo, sin embargo,  retornar porque a este si es verdad que se lo tragaron los pailones después de haber sido traspasado por siete flechas ungidas con curare.
         La tercera expedición a lo largo del río la hizo el segoviano Antonio de Berrío,  al revés, es decir, no desde el Delta sino desde el Meta, pero en vez de encontrar ónice y oro como pretendía el Comendador de la orden de Santiago, encontró mala fortuna pues lo perdió todo, 100 mil pesos en oro que su noble mujer María de Oruña había heredado de su tío Gonzalo Jiménez de Quesada, el fundador del Reino de Granada; pero por lo menos le dejó a las tribus de Morequiito una ciudad que todavía perdura a la orilla del río, aunque no con el primigenio nombre de Santo Tomás, apóstol de su devoción, sino con el del otro, el apóstol de la libertad.



jueves, 1 de agosto de 2013

Los Ewaipanomas

Después de Walter Raleight, nadie más ha dado cuenta de los fenomenales  Ewaipanomas desplazándose por parajes umbríos del sur de la Guayana, con sus potentes arcos y haz de flechas a la espalda.  Nadie más los ha visto caminar de un lado a otro de la intrincada selva del Caura, donde los ubicó  con pelos y señales el mimado caballero de las Reina Virgen de Inglaterra.
         Los Ewaipanomas fueron descritos y  dibujados por Walter Raleight como seres descabezados, con el sólo tronco y extremidades.  La caja torácica  con los componentes vitales de la cabeza: ojos, nariz, boca, oídos, y una especie de cúpula donde posiblemente se localizaba el cerebro.  La cabellera larga desprendida de los hombros y la complexión  de estos increíbles seres, eran tan atlética como la de cualquier expedicionario de la época del siglo diecisiete.
         Pero, ¿A qué se dedicaban los   fantásticos pobladores de las cuencas del Caura, del Aro y del Erebato, moradores de las simas de Jaua y Sarisariñama?  Según la leyenda, se dedicaban preferentemente a custodiar las inmensas riquezas de la región, traducida en oro y otros minerales que todavía se buscan con  avidez desbordada.
         Reforzando  la humana barrera de los  Ewaipanomas  estaban unas  bellas y esculturales mujeres semidesnudas cabalgando siempre sobre caballos de vistosa alzada.  Amazonas sin maridos que vivían en permanente celibato para sublimar su cultura de intocables e inexorables guardianas de los arcanos tesoros de la selva.
         Los Ewaipanomas y Amazonas conocían de los secretos del oro, de las piedras preciosas y de las aguas de los ríos. Aguas de la eterna juventud. Aguas que ingeridas en determinadas horas podían dar la muerte como la eterna vida, sin tener como Dorian Gray que venderle el alma al Diablo.
Pero el caballero inglés no tenía como prioridad de su expedición la fuente de la eterna juventud sino El Dorado.  Encontrando al Dorado, todo después sería más expedito.  El no estaba enfermo ni impaciente como Juan Ponce de León por hallar el manantial de agua cristalina con poderes mágicos que se suponía estaba situado “más allá de donde se pone el sol”. Circulaba como moneda corriente a principios del siglo dieciséis que cualquier persona herida o enferma que se sumergiera en sus aguas no sólo se reponía, sino que podía recuperar el vigor de la juventud.
Cuando Ponce de León, enfermo y ya de avanzada edad, sintió que le flaqueaban sus fuerzas, pidió al rey de España, Carlos I, permiso para explorar y descubrir la Fuente de la Eterna Juventud. Sin embargo, el día de Pascua Florida de 1513, se encontró con un territorio al que le dio el nombre de Florida y en el que no encontró la apreciada fuente. Siguió persiguiéndola sin resultados y, herido y maltrecho, sus hombres le llevaron a Cuba, donde murió anhelando la fuente de la juventud. Otros muchos exploradores siguieron buscándola por Guayana y las Antillas.
Son muchos quienes creen que los misteriosos Ewaipanomas deben andar por allí, por algún  lugar muy inescrutable de la selva, eludiendo la incesante penetración de los buscadores de riquezas, de los doradistas de ayer como Gonzalo Jiménez de Quesada, Antonio de Berrío, el mismo Sir  Walter Raleight y de los de hoy armados de batea y suruca y hasta de los vecinos Garimpeiros, muy provistos no de mosquetes, lanzas y armaduras como los antiguos buscadores de El Dorado, sino con helicópteros, poderosas sierras eléctricas para deforestar y máquinas hidráulicas, para horadar el suelo hasta donde se ocultan las vetas confundidas con las poderosas raíces de árboles  gigantes y robustos.
          



miércoles, 31 de julio de 2013

El Tabaco de Chirica

Chirica es más y mejor conocida por la Batalla que en abril de 1817 libró en ella Manuel Piar, que por la primera siembra de tabaco que se registró en Guayana.
         No sólo fueron en Chirica los primeros cultivos de Tabaco sino que produjo las primeras divisas de contrabando con los holandeses  en tiempos del gobernador Fernando de Berrío, segundo de la generación de los Berríos fundadores de la Provincia de Guayana y el Dorado.
         Muy pocos saben que la capital de la provincia despoblada por el hambre y el asedio de piratas e indios rebeldes, estuvo asentada en la Mesa de Chirica luego de la muerte de don Antonio de Berríos.
         A la muerte de Antonio de Berrío en 1597, Santo Tomé, como dice Pablo Ozaeta,  era solo una sombra, después del fracaso de la gran inmigración traída por Domingo de Vera; una aldea despoblada por el hambre y los ataques de los indios. Los pocos sobrevivientes se defendían con el ganado conseguido por Fernando de Berrío, hijo de Antonio, y unas pequeñas huertas en tierra demasiado ácida.
Había que buscar un sitio más seguro, no sólo defendible sino de tierras buenas para el fomento de la agricultura y la cría. En 1598, el joven Fernando reúne y plantea a los vecinos esta necesidad que fue bien acogida dada la situación precaria en que vivían.  Ya su lugar teniente y varios soldados había explorado las cercanías y encontraron que el sitio ideal era un lugar que los indios nominaban “Chirica” que en su lengua significa “Estrella de la buena suerte”.
Allá fue a tener la esmirriada población. Chirica además parecía adecuada para el cultivo del tabaco que desde la llega de Colón aromaba las cortes europeas. Años después, ese sería el principal producto de exportación de Guayana, que en 1622 enviaba a España 2.000 arrobas de tabaco de buena calidad, aunque no tan apreciado como el de Barinas.
Para entonces ya en el valle de Caracas tanto indios como hispanos se habituaban al mágico humo del tabaco al cual le atribuían propiedades medicinales y efectos narcóticos muy expansivos y relajantes   El gobernador de Caracas, Juan de Pimentel no pasa por alto esta costumbre y explica al Rey en 1579, cómo tanto naturales como hispanos utilizaban la hoja de la planta una vez puestas al secado: “Lo toman los españoles y naturales en humo por la boca  y molido por la nariz. Lo tienen por muy medicinal aunque acá no se sabe aplicar bien.  Muchos naturales curan con este tabaco especialmente humores fríos y heridas…”
A medida que transcurría el tiempo, al Tabaco le fueron encontradas otras propiedades  o aplicaciones como el cocimiento suave de las hojas verdes en lavativas para combatir la paresia intestinal y también en los casos de hernias estranguladas.  Igualmente confeccionaban un preparado  contras las neuralgias y contra el reumatismo.  Asimismo, las hojas frescas en infusión la aconsejaban contra la sarna.
De suerte que la hoja del Tabaco, seca o verde, se prestaba y aprovechaba para atacar muchos males en el campo de la medicina empírica y por otro lado para la relajación o euforia espiritual.  De allí su importancia comercial al lado del cacao que los hispanos pensaban traer desde la Esmeralda donde se daba muy bien y para ello Centurión quería abrir un camino hasta La Carolina.
Los cultivos del Tabaco se dieron muy bien desde Chirica hasta el valle de San Antonio de Upata y logró desde fines del siglo dieciséis un aumento extraordinario hasta el punto de que se limitó durante un tiempo su cultivo para evitar el contrabando.  La exportación ilegal del Tabaco a países distintos a España, principalmente a Holanda, obligó a que la Corona prohibiese cultivo en zonas cercas a las costas.  Posteriormente las autoridades coloniales establecieron el llamado “estanco del tabaco”, embargo o prohibición del curso y venta libre del producto.


martes, 30 de julio de 2013

La Gran Sabana de Berrío

Don Fernando de Berrío, gobernador de la Provincia de Guayana, tras la muerte de su padre en 1597, pensando en la conveniencia de levantar una nueva ciudad, buscaba tierras no tan áridas y calurosas como la de Santo Tomás de Guayana y localizó lo que hoy conocemos como la Gran Sabana.  
         Pablo Ozaeta dice en sus Relatos sobre Guayana, que armó una expedición al mando de su lugar teniente, Domingo de Vera Irbagoyen, y éste encontró hacia el Sur unas tierras altas y más frescas que las del Orinoco.   Allí Fernando de Berrío colocó las primeas piedras de su ciudad soñada y la bautizó con el nombre de  Los Arias.
         Inmediatamente después escribió al Rey Felipe II informándole del suceso y destacando que las tierras eran muy fértiles y escasamente montañosas, pero que necesitaba inyectarle unas 300 personas que muy bien pudiera hacer venir de Puerto Rico para comenzar allí una actividad urbana y rural que sirviera de expansión a la provincia.
         Las 300 personas que requería Berrío para comenzar a poblar  esa inmensa extensión del Sur que ha sido declarada Monumento Natural de la Humanidad, nunca llegaron  ni jamás se supo por qué quiso poner ese nombre de “Los Arias” que no aparece en los antecedentes históricos de la  fundación del municipio.
Sabemos por referencia que en los primeros estudios cartográficos realizado en la zona por el explorador  Félix Cardona Puig  aparece con el nombre de “Gran Sabana” no obstante que para la época, comienzos del siglo veinte, la zona de Ciudad Bolívar que se extendía hasta más allá del Polideportivo Heres se llamaba así “La Gran Sabana” y “Sabanita” a la zona occidental del Río San Rafael.
         La Gran Sabana está actualmente atravesada por una carretera desde El Dorado a Santa Elena de Uairén  a 200 metros de altitud hasta los 1500 en menos de 30 kms, en un lugar apropiadamente denominado La Escalera. Su condición de sabana se  debe  a la constitución rocosa y arenosa de los suelos, aunque pueden observarse manchas de selva en algunas depresiones y, sobre todo, selvas de galería junto a los ríos.
Esta salpicada por macizos antiguos muy erosionados en forma tabular llamados tepuyes, ejemplos de relieve invertido, que conforman una clase de mesetas típicas de las Guayanas, las cuales, en la Gran Sabana, alcanzan su máxima altitud en el Tepuy Roraima, con 2.800 metros sobre el nivel del mar.
La ciudad más importante de la zona es Santa Elena de Uairén, con una población aproximada de 29.000 habitantes, y ubicada cerca de la frontera brasileña. Se encuentra a una distancia aproximada de 1.400 km de Caracas.
Dentro de la Gran Sabana se halla el Parque Nacional Canaima creado mediante decreto el 12 de junio de 1962 con una superficie aproximada de un millón (1.000.000) de hectáreas. En 1975 sus dimensiones fueron ampliadas a 3.000.000 de hectáreas (30.000 km²)  lo que lo convierte en el sexto parque nacional (en dimensiones) en el mundo.
La etnia Pemón es el grupo más numeroso de los indígenas en la región.  Se encuentran esparcidos por todo el Parque Nacional Canaima y se dividen en tres grandes grupos: Arekunas, Taurepanes y Kamarakotos, amables, tranquilos y trabajadores. Son los habitantes comunes de la Gran Sabana y hoy en día se han compenetrado en la actividad turística, manejan y administran posadas y sirven de guías en expediciones por la región, también hablan con facilidad el inglés.
El idioma de casi todos los indígenas de la zona es el Pemón, lengua de la familia caribe emparentada con los extintos Tamanacos y Chaimas.
Para llegar a la Gran Sabana es necesario transitar la carretera asfaltada que la cruza entre El Dorado y la frontera con el Brasil, igualmente puede tomarse un avión hasta Santa Elena de Uairén.


lunes, 29 de julio de 2013

La mala racha de Berrío


El 21 de diciembre de 1595 se registra como fecha de la fundación de la capital de la Provincia de Guayana  por el Capitán Antonio de Berrio, frustrado  buscador de El Dorado, que  siguiendo las huellas del Adelantado Gonzalo Jiménez de Quesada,  se internó en tierras del Orinoco para posesionarse de ellas a nombre de su Rey Felipe II.
         Pero esa fecha ni antes ni ahora se ha celebrado y pocos quizás la recuerdan, simplemente porque esa primigenia ciudad la conmutó el tiempo.  No tuvo fortuna en ese sentido el Capitán, siempre lo acompañó la mala racha.
Concibió el nombre de San José de Oruña para  testimoniar la admiración que sentía por el santo carpintero y su mujer María, quien le dio  diez hijos, entre ellos dos varones tan arrogados como él: Fernando, dos veces Gobernador de Guayana, y Francisco, Gobernador de Caracas.  Ambos desaparecieron, uno ahogado y el otro durante un secuestro.
         Ninguno de los nombres que le inspiraron paisajes y lugares, permanecieron.  Quiso que el río Meta se llamara Candelaria, pero Meta se quedó desde que nace en territorio colombiano hasta fluir sus aguas en el Orinoco.
         Fundó un pueblo con el nombre  de San José de Oruña en la Isla de Trinidad, donde fue a parar durante la tercera  expedición que le permitió  descender el Orinoco, pero tampoco tuvo suerte
         La suerte de Berrio fue aun más paupérrima con  Santo Tomás, pueblo fundado en la orilla derecha del Orinoco, justo donde moran  desde hace más de cuatro siglos  los  Castillos San Francisco y el Padrastro.  Este pueblo o ciudad fue seis veces saqueado  y quemado por corsarios y piratas de países enemigos de España y terminó  mudado con el nombre de Angostura, hoy Ciudad Bolívar,  que en vez del Apóstol tiene como patrón o patrona a Nuestra Señora de las Nieves.  Para colmo, los administradores contemporáneos de esta provincia fundada por él, nada o casi nada le han reconocido a la hora de erigir  nuevos pueblos, en cambio, no ha  ocurrido lo mismo con Diego de Ordaz (Puerto Ordaz) que fue tan bárbaro y cruel con nuestros indios.  Berrío por antítesis, aun cuando se le carga la muerte de Morequito, era todo un “valiente caballero”, por lo menos así  lo reconoció  su enemigo Sir Walter Raleigh.
Definitivamente que Santo Tomás de la Guayana  no fue afortunada en el Bajo Orinoco ni tampoco su fundador. Antonio de Berrío, quien malgastó en la ilusión de El Dorado la fortuna de su esposa y de sus hijos.  Murió arruinado y recriminado. Una hispana de armas tomar, indignada por los desaciertos y poca suerte de la ciudad en ciernes, se fue al despacho de Berrío donde se hallaba reunido con varios capitanes, y vaciando en el suelo un zurrón con 150 doblones, lo increpó de esta manera: “Tirano, si buscas oro en esta tierra miserable, donde nos has traído a morir; de las viñas, tierras y casas me dieron esto y lo que he gastado para venirte a conocer, aquí está, tómalo”. 

Y los doblones lanzados contra el piso de piedra sonaron como preaviso de los dobles de las campanas del santuario religioso días después por la muerte de don Antonio, quien ejercía la Gobernación por dos vidas, de manera que le sucedió su primogénito hijo Fernando de Berrío y Oruña, demasiado joven, apenas veinte años, pero astuto y atrevido puesto que para poder sostener la ciudad burló mandatos reales que prohibían el comercio de contrabando y el tráfico de indios capturados por mercaderes holandeses en Barima.  Por ello fue enjuiciado y destituido.  La ciudad continuó dando tumbos hasta que después de la Expedición de Límites, recomendaron su reubicación mucho más arriba de la confluencia del Orinoco con el Caroni, justamente donde el río angosta sus aguas ente dos rocosas colinas y una Piedra en el medio.

domingo, 28 de julio de 2013

El Indio Cristóbal Uayacundo


Este indio guayano acompañó a Sir Walter Raleigh hasta el cadalso y vio cortarle la cabeza.  Uayacundo era su nombre aborigen y Cristóbal el de bautizo con el cual lo cristianizó  el Vicario del Convento San Francisco antes de recomendarlo a Diego Palomeque de Acuña, Gobernador de la Provincia de Guayana, cuando lo asimiló como criado. Era un indio puro de piel broncínea, rápido, intuitivo y movimientos ágiles como todos los de su estirpe.
         Diego Palomeque de Acuña había llegado el 8 de noviembre  de 1615 a tomar posesión de la gobernación de la Provincia de Guayana, pero un día vinieron seiscientos soldados del caballero inglés Sir Walter Raleigh en dos navíos y una carabela en busca de la ciudad que servía de puerta principal en el camino hacia la misteriosa ciudad de El Dorado, pero los escasos habitantes de esa ciudad bautizada el 21 de diciembre de 1595 con el nombre de Santo Tomás de Guayana, le hicieron frente.
El entonces Gobernador Palomeque tan sólo contaba con medio centenar de hombres para defender la ciudad, además de dos piezas de artillería y cuatro cañones pedreros.  Con tan menguados recursos el Gobernador resistió heroicamente, hasta que una bala lo desplomó para siempre en aquella orilla del río, pero he aquí que del otro bando también murieron varios oficiales, entre ellos, Wat, de 25 años, hijo de Walter Raleigh, quien  había quedado quebrantado de salud en Trinidad.
Sir Walter, quien se había quedado en Trinidad, se enteró de la noticia al mes siguiente y se violentó tanto haciendo cargos al Capitán Lorenzo Keymes, jefe de la expedición, que éste, deprimido y dolido, terminó suicidándose de un pistoletazo a bordo de uno de los barcos de la flota.
Cristóbal Uayacundo formaba parte del botín y cruzó por primera vez el Atlántico abordo del buque “Destiny” y quedó deslumbrado cuando desembarcó en el puerto de Plymouth que durante el siglo XVI llegó a ser la base de las expediciones de Walter Raleigh y Francis Drake.
Releigh se empeñaba en que Cristóbal aprendiera el inglés para que le contara lo que se decía de la ciudad dorada, pero el tiempo no le alcanzó.  Mientras  Raleigh anclaba en Plymouth el 21 de junio de 1618,  el Conde Gondomar, representante español, denunciaba ante el Rey Jacobo Primero la invasión, saqueo, muerte y quema de Sano Tomás de Guayana y pedía al soberano condena  y reparación de los daños.
En aras de la paz y buenas relaciones con España, Raleigh fue apresado y conducido de nuevo a las Torres normandas donde ya había estado antes y se había consagrado como escritor y poeta. De allí como pudo se fugó, pero pronto fue capturado en las orillas del Támesis. Esta circunstancia aceleró su castigo y el 29 de octubre de 1618 su cabeza rodó tras el golpe  fatal del hacha del verdugo y ante los ojos aterrado del indio guayano Cristóbal Uayacundo arrebujado en una capa y confundido entre la muchedumbre que presenciaba la más cruel y salvaje de las condenas.
Sir Walter Raleigh tenía 66 años cuando fue decapitado: “Permítame verla.  ¿Crees que tengo miedo?” dicen que dijo y el verdugo le entregó el hacha cuyo filo acarició con estas palabras: “He aquí una medicina fuerte pero que vence todas las enfermedades”.
- ¿Y de qué lado os provoca recostar la cabeza, Sir?
- Si el corazón está bien puesto nada importa el lado en que esté colocada - respondió el poeta.  El indio bajó la cabeza y camino embutido en lo que serían sus largas noches de insomnio mientras las hojas del otoño ya anunciando la proximidad del invierno, formaban un manto lúgubre sobre las calles húmedas de Londres.



sábado, 27 de julio de 2013

La Ciudad que no pudo ser


Santo Tomás de la Guayana, erigida desde el 21 de diciembre de 1595 como cabecera o capital de la Provincia de Guayana, no perduró en el tiempo.  Acosada por corsarios y piratas persistía de un lugar a otro del Bajo Orinoco en busca de una estabilidad que nunca llegó sino muy tarde y escondido su nombre originario por el manto de la Angostura del Orinoco.  Lo único que pervivió de esa frustrada fundación fueron los Castillos que desde lo alto de dos cerros gemelos trataban de cuidar el paso del río a la vez que las espaldas de la ciudad embrionaria,  cuidar o defender con descomunales cañones pedreros que poco daños causaban al enemigo como quedó demostrado durante la segunda incursión de Walter Raleigh, quien tomó la ciudad por un costado y permaneció en ella tanto como lo permitió la resistencia heroica del alcalde José Lezama, reemplazo  del gobernador Palomeque de Acuña caído bajo una andanada de mosquetes del reino de Jacobo Primero, pero se desquitaron los hispanos colonizadores apuntando moralmente a Wat, el imberbe hijo de Walter Raleigh, quien se había quedado en retaguardia señoreado sobre  la isla de Trinidad o de los Colibríes como era su nombre aborigen.
         La ciudad saqueada y quemada sobrevivió reconstruida por los pocos que permanecieron a duras penas diseminados entre bosques, riachuelos y quebradas a la espera de refuerzos que al fin de varias semanas llegaron de Cartagena con Fernando, el hijo mayor de Antonio de Berrío que volvía por sus predios temporalmente perdidos entre chismes, acusaciones y juicios de residencia.
         Fernando quiso hacer mucho con su impulso juvenil y terminó haciendo muy poco porque la vida tal como había sido pautada no le alcanzó.  En un viaje desesperado a la Madre Patria en busca de mejor provento pues las rentas estaban tan escuálidas, fue capturado en el  mar Mediterráneo por vándalos de moros que minaban las rutas.  El rescate nunca llegó o llegó muy tarde y Fernando pasó a mejor vida desde las circunstancias más trágicas de su vida.  Atrás quedaba  huérfana y desamparada la ciudad fundada por su padre.
         ¡Mala fortuna!  Nuevos gobernantes vinieron y duraron escasamente sobrecogidos de miedo bajo las piedras desmoronadas de los cerros y frente a un río que se perdía en su anchura de poco aliento para los cañones pedreros emplazados en las alturas.  Varias veces fue mudada la ciudad o, mejor dicho, su gente, porque las casas  siempre quedaban, vacías,  quemadas, muertas, bajo escombros, y sólo moraba itinerante el habitante y el nombre de Santo Tomás connotado con el toponímico del lugar.
         Hasta que en día de 1752 aparecieron las barcas del Capitán José de Iturriaga y José Solano y  señalaron la ruta y el lugar estratégicamente conveniente, unas treinta leguas más arriba entre dos colinas que estrechan al río y una Piedra en el Medio, entonces la ciudad quedó definitivamente reubicada en un lugar más estable y seguro, pero lejos del Mar, lo cual por un lado era una ventaja dese el punto de vista de la piratería internacional y por el otro nada provechoso porque la ciudad lejos del mar hacía más distante su comunicación con la España tutelar, proveedora de los recursos que necesitaba para la subsistencia.
         De suerte que la ciudad primigenia que no pudo ser, sería más tarde con otra faz y otros aires menos contaminados, más arriba hacia el Oeste, buscando el Orinoco medio custodiado por los Indios Sapoaros que hasta ese momento no habían visto más extraños que las canoas del Padre Gumilla remadas por los indios Tamanacos, en una expedición de exploración buscando rastros antiguos entre los arrecifes aflorados por el estiaje de marzo.
        
        




viernes, 26 de julio de 2013

Trapiche, mulas, paila y negros

Cuando a don José de Iturriaga lo nombraron Comandante General de los nuevos poblados del Orinoco (1762), lo primero que se le ocurrió para facilitar el aumento del vecindario, fue un proyecto para la producción de papelón, guarapo  y ron, lo cual debía comenzar con la siembra de la caña dulce, y comprar pailas, mulas y negros esclavos en las Antillas o posesiones de Portugal.
Contaba con la influencia de su amigo el Ministro de Marina e India, José de Arriaga.  Pero no todo cuanto pedía se le cumplió pues su Majestad no quería nada con los portugueses después de fracasada la expedición de Límites y anulación del tratado.
En vez de negros esclavos, Su Majestad prefería utilizar a los indios de las misiones sujetos a buen trato y salario, las mulas podía venir de las Misiones y lo demás, trapiches y la pailas de Margarita y Puerto Rico.
 “..Dice usted que se necesita un trapiche servido de mulas, pailas y negros, y que estos pueden traerse de las islas extranjeras; o de los portugueses de Río Negro dando el permiso conveniente y librando su importe en letras en España. Que se puede enviar un registro a Orinoco para que llevando los géneros pobres consumibles entre Guayana y sus misiones, las de los Jesuitas y esas fundaciones, puedan volver azúcar, introduciendo lo que le sobre en Meta, Casanare, y sus vecindades. Que haciendo falta peones para adelantar esas fundaciones, pide U. S. se mande al Gobernador de Cumaná , y a las misiones de Píritu, Guayana y Jesuitas del Orinoco entreguen los que U. S. pida a los capitanes de fundación. Y que se han empezado a cobrar los Diezmos, y el derecho de aguardiente entrado uno y otro en poder del Capitán de esa fundación.
Enterado el Rey de cuanto U. S. expone en la citada representación, no tiene S. M. por conveniente la Administración del trapiche de azúcar de cuenta de su Real Hacienda a medio copia, sino que se conceda esta gracia al Capitán poblador o a otro vecino si aquel no tuviere caudal para entretenerle, bajo las exenciones que perciben las leyes de la Recopilación de Indias, y que esto se entienda por regla general disponiendo U. S. que los tablones sembrados de caña dulce y tierra desmontada para el mismo efecto se reparta entre los vecinos labradores para su beneficio, bajo las mismas disposiciones de las leves.
Por ninguna causa quiere S. M. que se permita comunicación con los portugueses, por el Río Negro ni por otra parte, y mucho menos con el pretesto de comprarles negros para el trapiche o trapiches que se establezcan en esa fundaciones, pues esta comunicación declinaría precisamente en comercio ilícito.
Respecto de que no habrá quien quiera ir con registro a esos parajes hallándose tan al principio de su establecimiento, se encargará a la Compañía de Barcelona establezca un Factor en Orinoco en un paraje más proporcionado que acordare U. S. para llevar los efectos que necesiten esas fundaciones, desde Puerto Rico o Margarita, no admitiendo S. M. el medio que U. S. propone de que se introduzcan los sobrantes por el río Meta y Casanare por no abrir la puerta al comercio por aquella parte, y así mismo se expide con esta fecha las órdenes convenientes al Gobernador de Cumaná y misiones de Píritu, y Jesuitas del Orinoco para que faciliten los indios peones que U. S. pidiere para trabajar en esas fundaciones, pero con la condición de que se las haya de dar buen trato, y el jornal que fuere regular, y las remito a U. S. adjuntas para que se las dirija oportunamente…”



jueves, 25 de julio de 2013

La ciudad que pudo ser


La ciudad de Santo Tomás de la Angostura del Orinoco se construyó con los restos de Santo Tomás de la Guayana y su traslado desde más abajo de la boca del Caroní a la angostura del río costó más de setenta mil reales coloniales, según las cuentas del contador oficial Andrés de Oleaga. Los trabajos de fundar la ciudad no lo hicieron propiamente los españoles, sino los mismitos indígenas de El Miamo, Guasipati, Carapo, Santa Clara y Pariaguán. Se consumieron desde el 14 de febrero al 22 de mayo de 1764 que duró el traslado, 700 arrobas de casabe; 400 arrobas de carne salada y 22 botijas de aceite de tortuga. Había tantas tortugas que, como escribió Julio Verne en su novela “El Soberbio Orinoco”, se podía  vadear el río de una orilla a otra caminando sobre sus carapachos.
         La flamante ciudad era apenas un Fuerte, un puñado de casas pequeñas y 13 ranchos. Extremadamente humilde, sin embargo, sus habitantes al día siguiente ya estaban manifestando, protestando contra el comandante del Alto Orinoco, José de Iturriaga, a quien consideraban cruel, déspota y despiadado, de manera que podemos decir que Angostura, hoy Ciudad Bolívar, nació bajo el signo de la protesta.
         Joaquín Moreno de Mendoza, quien tuvo bajo su mando y responsabilidad el traslado de la ciudad, tampoco corrió con buena suerte, pues además de la protesta que debió aplacar, a los pocos meses se le quemó gran parte de la ciudad y tuvo que recomenzarla.
         La Comandancia de la Provincia de Guayana la compartía con el jefe de escuadra José de Iturriaga  y esto lo disgustaba como también disgustaba al otro que lo acusó de llevar una vida licenciosa en Angostura.
         El 21 de septiembre de 1762, pocos meses después de su nombramiento, el Rey mandó que se lo reprendieran por su “licenciosa vida, pues tenía una amistad deshonesta que disipa la dote de su mujer y el patrimonio de sus hijos...”
         Total que Moreno de Mendoza tuvo que renunciar y se despidió con una poesía larga, la primera escrita en Angostura. Tan larga era que parecía más bien un testamento de 434 versos. Deducimos que el hombre pensaba suicidarse, estaba tan deprimido y decepcionado que quería morir, pues el poema termina con este epitafio que pedía colocaran sobre su losa: “Aquí yace Moreno que ostentando / le vio tres años mi cerviz rigiendo / buen ejemplo de los que están mandando / Pues él en mi Provincia no cabiendo / no bastó le miren usurpando / y este sepulcro le sobró muriendo”.
Iturriaga estaba en estado de avanzada edad y sufría de la dolorosa Gota o “perlesía”. Quería separase del mando y no lo hacía por evitar que Moreno de Mendoza ejerciera las dos comandancias. De manera que tan pronto Moreno fue sustituido por Manuel Centurión, Iturriaga se fue lejos de Guayana buscando otros aires para su quebrantada salud y le dejó a Centurión todo su poder y un bando para que se hiciera público en Real Corona (Moitaco) y Ciudad Real (Las Bonitas). El mismo día 18 de febrero de 1767 el sargento Francisco Muñoz encomendado para tal fin dijo lo siguiente: “Lo publiqué a toque de caja de guerra, por voz de Juan Andrés, negro esclavo, que hizo el oficio de pregonero, acompañado de cuatro soldados de tropa armados”.

El Gobernador Manuel Centurión, aparte de haber consolidado la unidad territorial de la provincia y fomentado a gran escala su demografía construyendo sólo en la ciudad capital 20 edificios y 200 casas,  dio luz verde al mestizaje entre indios y blancos y se hizo la vista gorda del apareamiento de éstos con los negros, de allí el color pardo acentuado de la tipología del guayanés.  

miércoles, 24 de julio de 2013

Dilema: Cárcel o Catedral

Don Miguel Marmión, el gobernante y comandante general de la provincia de Guayana desde 1785 a 1790  se debatió en el dilema si darle preferencia a los trabajos de la Iglesia o de la Cárcel.  Ambas edificaciones iniciadas hacía más de veinte años, no habían podido concluirse debido a los deficientes aportes presupuestarios. Al final  se inclinó por la Cárcel, dado que era una obra civil bien diseñada, casi monumental,  que además de establecimiento penal propiamente dicho podía servir a otras funciones del gobierno y asimismo su ideal ubicación estratégica, casi a la orilla del Orinoco, que podía hacer las veces del Fuerte San Gabriel que estaba prácticamente en el suelo debido a la erosión de sus bases a causa de las crecidas periódicas del río.   Por otra parte, con la terminación de la Cárcel se evitaba tener que recluir a los delincuentes en los Castillos de Guayana, lo cual debido a la distancia, hacía menos fluido el proceso judicial e implicaba un gasto oneroso para el gobierno.
         La Iglesia, en cambio, podía esperar toda vez que los ritos religiosos se venían celebrando sin mayores inconvenientes en una improvisada capilla contigua a la Casa parroquial y los ornamentos se guardaban en casas de familias católicas devotas.
Fue don Joaquín Moreno de Mendoza quien echó las bases de la Iglesia mayor que luego prosiguió Centurión y posteriormente en 1790 se trasformó en Catedral al ser declarada Diócesis la ciudad. Pero la Catedral tardó en concluirse unos ochenta años, debido a que la obra era superior a los esfuerzos económicos. Se construía con el impuesto que se obtenía por el remate de la venta del guarapo y las riñas de gallo, pero a fines del siglo diecinueve, el gobernador Miguel Marmión dijo que era más importante terminar la construcción de la cárcel real por las razones ante señaladas y destinó para ello esos impuestos. 
De manera, que Marmión, el gobernador más ilustrado llegado a Guayana después de Centurión, no se la llevó desde entonces favorablemente con los sacerdotes de la Iglesia mayor ni tampoco con los frailes capuchinos a quienes le negaba autorización para fomentar más misiones de indígenas a menos que aceptaran a seglares hispanos por lo que el conflicto llegó no sólo al punto en el que los sacerdotes dudaran de su cristianismo y lo confundieran con un morisco, sino que lo acusaran de meterle mucho al vino y a la cerveza oscura.
Lo cierto es que los sacerdotes y misioneros hicieron tanta presión que el Papa Pío VI aprovechó la coyuntura para desmembrar la Iglesia de la Diócesis de Puerto Rico y ascenderla a la categoría de Catedral para que así el Gobierno del España le prestara mayor atención.
El 20 de Mayo de 1790 su Santidad el Papa Pío VI creó la Diócesis  de Guayana a solicitud del Rey de España Carlos IV, a través de su Ministro Plenipotenciario en Roma con José de Azara.
La creó veintiséis años después de la fundación de Angostura (22 de mayo de 1764), en el último año de gestión de Don Miguel Marmión, gobernador de la provincia.
Para ejercerla fue preconizado Monseñor Francisco de Ibarra y Herrera, Obispo de la Diócesis, con jurisdicción sobre toda la Guayana española y la Nueva Andalucía que entonces abarcaba Cumaná, Nueva Barcelona, Maturín, Delta Amacuro y las islas de Trinidad y Margarita.
Aún así no fue fácil concluir la construcción de la Catedral.  Esto no ocurrirá sino en 1842.  La terminación de la Cárcel estuvo más temprano y sirvió no solamente para los penados sino también para sede de la autoridad civil del municipio, cuartel de policía y hasta del Ayuntamiento para lo cual hubo que ampliarla con una casa contigua.


martes, 23 de julio de 2013

El Sida es una malvácea

Este Sida, al cual me refiero, no es el VIH o síndrome de inmunodeficiencia adquirida, tan terrible como temido en estos días, sino una planta de la familia de las Malváceas que así se llama y que encontró Humboldt en su recorrido por el Orinoco y Río Negro y que además le fue muy útil.  Humboldt y Bompland sufrieron en Angostura una fiebre violenta que el primero logró curarse con una mezcla de miel y extracto de quina del Río Caroní, remedio para entonces muy estimado por los capuchinos de las misiones.  Lo de Bonpland fue más serio porque se le complicó con un ataque de disentería que afortunadamente cedió a la acción de emolientes a base de Sida que es un  arbusto de hojas alternas y frutos en cápsulas como el algodonero y la malva.
Tanto Humboldt como Bonpland estaban inapetentes y se les ocurrió pedir vianda de aves cazadas con curare, pues ya la habían probado en su recorrido y eran realmente apetitosas, conforme a la  creencia de que la mejor caza es la que se da con flecha impregnada de curare.  Sobre todo, si de aves se trata, la carne es más agradable, le atribuyen un sabor especial.  Esto no sólo lo comprobó Gumilla al consumir hígado de mono cazado con curare, sino el mismo Humboldt y también Bonpland.  Es más, estos dos científicos observaron que el curare seco tiene parecido al opio y con un sabor amargo agradable.  Ambos consumían con frecuencia pequeñas cantidades.
         Los viajeros, una vez restablecidos, subieron y bajaron las cuestas de la ciudad y quedaron altamente impresionados de las casas de Angostura, casas altas de mampostería, muy acogedoras y construidas sobre la roca pelada.  Sólo vieron con temor, incluso para la propia salud que termino afectada, las aguas detenidas de la Laguna El Porvenir desde donde se levantaban tenebrosas nubes de mosquitos.
         Ambos científicos, tanto el sabio alemán como el naturalista francés, fueron huéspedes de honor del Gobernador Felipe Inciarte, quien los recibió con pan de trigo y vino madera tras explorar el río Orinoco y Río Negro. 
Después de tantas penalidades navegando en balsas y curiaras a lo largo del Orinoco y Río Negro, Angostura le daba al viajero la sensación feliz de algo distinto. Sin embargo, en ella padeció junto con Bonpland fiebres violentas a las cuales no pudo sobrevivir el indio que le arrebató al mar cuando “El Pizarro” ancló frente a la isla de Coche.
         Humboldt no sabía cómo expresar el sentimiento de alegría que experimentaba al pisar tierra angostureña. Después de 75 días en un recorrido de 2.250 kilómetros por los ríos Apure, Orinoco, Atabapo, Río Negro y Casiquiare, bajo un sol ardiente, en medio de nubes de mosquitos y dentro de frágiles embarcaciones indias, llegar a la Angostura del Orinoco, capital de la Guayana, era como encontrar de nuevo a uno de los tantos sitios civilizados visitados.
Ellos quisieron descansar en Angostura durante algunos días que se prolongaron hasta un mes debido a la intensa fiebre que los enervó, incluyendo al indio guaiquerí Carlos del Pino, quien los acompañó y ayudó plenamente a lo largo de todo su recorrido científico, expuesto al sol, a la lluvia, a las inclemencias de la selva y el tiempo, hasta rendir su vida en Angostura como tributo de un viaje que hace época en la historia de la investigación científica y que fue pródigo en descubrimientos.


lunes, 22 de julio de 2013

La taberna de La Alameda de Ciudad Bolívar


El exquisito vino de la isla Madera se conseguía a buen precio  en una taberna de la Alameda donde había billar y mesas de juego, y a él se aficionó tras la toma de Angostura por los patriotas, el legionario Gustavus Mathias Hipislley y también el Libertador.
         Al Libertador le agradaba el vino, tanto como el baile. Elogiaba sus virtudes.  “Es una de las producciones de la naturaleza más útiles para el hombre; tomado con moderación fortifica el estómago y todo el organismo.  Es un néctar sabroso y su más preciosa virtud es la de alegrar al hombre, aliviar sus pesares y aumentar su valor.”
         Anecdóticamente comentó en cierta ocasión cómo una simple botella de vino madera le hizo cambiar de decisión y ganar una batalla que parecía imposible.
         Empero si bien el vino agradaba al Libertador, trataba de evitarlo debido a que lo excitaba en extremo.  Exaltaba de tal forma su temperamento que lo hacía según el caso escenificar comportamientos fuera de todo orden y protocolo como el que tuvo al final de un banquete ofrecido en Angostura a John B. Irving, Comisionado especial del Gobierno de los Estados Unidos.  En sus Leyendas Históricas, Arístides Rojas cuenta que Bolívar, al llegar el momento de los postres, se subió a la mesa y pisando de un extremo a otro cuanta losa y cristalería había en ella, prorrumpió enardecido al calor de la conversación:  “Así, así  iré yo del Atlántico al Pacífico y desde Panamá a Cabo de Hornos, hasta acabar con el último español.”  Esto, al parecer, se hizo una constante pues en el Alto Perú en 1924 – escribe el general Francisco Burdett O’Conor-, Bolívar dio un banquete a los jefes oficiales con ocasión de la reunión de las unidades del Ejército Libertador y al contestar un brindis suyo, exclamó alzando la copa “Este es un brindis” Luego saltó sobre la mesa, vació la copa y la estrelló contra la pared de la sala.  En Arequipa en 1825 en un banquete que ofreció el general argentino Rudesido Alvarado, hizo algo parecido.  Las explosiones temperamentales casi desbordando las copas por lograr la libertad de América.  De todas maneras, Bolívar era indudablemente un genio y a decir de Séneca “no ha habido hombre genio extraordinario sin mezclarse de locura”.
         Al Libertador le agradaba el vino, pero lo evitaba porque lo excitaba en extremo. Exaltaba de tal forma su temperamento que lo hacía según el caso escenificar comportamientos fuera de todo orden y protocolo como el que tuvo al final de un banquete ofrecido en Angostura a Juan Bautista Irving, comisionado especial del Gobierno de los Estados Unidos. Cuentan que Bolívar, al llegar el momento de los postres, se subió a la mesa y pisando de un extremo a otro cuanta loza y cristalería había, prorrumpió enardecido al calor de la conversación: “Así, así, iré yo, del Atlántico al Pacífico y desde Panamá a Cabo de Hornos, hasta acabar con el último español”.
         Como cualquier ser humano común y corriente, pero con espíritu jovial, a Bolívar le gustaba el baile aunque con el tiempo, a medida que iba saliendo de la guerra, pero agravándose los problemas políticos y de salud, esa afición fue decayendo.
         Su baile preferido era el valse y danzaba horas seguidas cuando encontraba buena pareja.  Llegó a decir Bolívar a su edecán Perú de Lacroix que el baile lo inspiraba, y excitaba su imaginación de manera tal que muchas veces, estando en campaña, alternaba el baile con la tarea de escribir y despachar órdenes cuando por la noche había fiesta en alguna ciudad, pueblo o villa del lugar donde acampaba su ejército.

         “Hay hombres – decía – que necesitan estar solos y bien retirados de todo ruido para poder pensar y meditar; yo en cambio, reflexiono y medito en medio de la sociedad, de los placeres, del ruido y de las balas”.

domingo, 21 de julio de 2013

El Santo del Agua y el Sol

San Isidro Labrador ha sido asociado con el agua y el sol porque según creencia popular a él se le adivinan facultades de intermediación ante Dios cuando sus devotos le piden en circunstancias crítica que “quite el agua y ponga el sol”, vale decir, restaurar el sol cuando la lluvia por caer en exceso, afecta la navegación, los caminos, los vehículos en tránsito y las viviendas humildes.

 Sin embargo, en el santoral, San Isidro Labrador está representado con el emblema de la abeja y el pan simbolizando tal vez algún pasaje muy acentuado de su abnegada existencia que nada tiene que ver con el buen y mal tiempos, aunque lo de labrador por labriego sí lo sugiere.
A finales del siglo diecinueve, había en Ciudad Bolívar un barrio con ese nombre, tomado de la Casa de los Morichales donde vivió Bolívar porque existía o existe todavía allí una capilla con el santo. Un santo del siglo dieciocho, esculpido en madera, y el cual el vecindario veneraba en romería festiva el 15 de mayo. En 1876, el Rector del Colegio Federal, doctor Ramón Isidro Montes, le dedicó este canto morichalero“Ya viene el 15 de mayo / que es la fiesta del patrón / Pidamos una limosna / para hacerle su función / para que digamos todos / implorando su fervor / San Isidro, San Isidro / San Isidro Labrador”.
San Isidro tuvo siempre fama de portarse bien, menos cuando Ferrominera del Orinoco, preparó todo un programa con invitados especiales para iniciar la explotación de los yacimientos ferrosos del llamado Cuadrilátero de San Isidro, al que se le estiman 400 millones de toneladas de mineral con tenor de 65 por ciento.  Lo decimos porque el día en que muy cerca del cerro el doctor Aníbal La Riva se proponía decir el discurso de inauguración de los trabajos de infraestructura para la explotación del mineral, sobrevino un golpe de agua que nadie esperaba, pues varios meses hacía que no llovía y además el sol había amanecido esplendoroso.  El Arzobispo Crisanto Mata Cova y el Padre José que estaban entre los circunstantes, armados de hisopo y misal, poco entendían el fenómeno de   la aguada y parecían buscar la respuesta mirando al cerro y al cielo, pero menos podía entenderlo La Riva, quien comenzó diciendo “Hace un rato le preguntaba al padre José si San Isidro no sería un santo devaluado por aquello del agua y el sol”.   Quería tal vez decir algo así como un santo que había dejado de hacer milagros, pues la ocasión no se merecía tan copiosa lluvia que prácticamente empantanaba la ceremonia.
Nunca supimos qué le respondió el sacerdote porque el entonces Presidente de Ferrominera se lo guardó muy bien en su capote, pero seguramente que el sacerdote estaría  de acuerdo con el santo labrador, pues el hierro, al fin y al cabo, no es recuperable o  renovable  como el sol, el agua, el pan y la miel sino, como lo dijo Miguel Otero Silva en una ocasión,  “un producto que se va cantando la canción del que no vuelve”.
San Isidro es un santo netamente hispano pues no sólo nació y murió en Madrid sino que allá mismo se hizo santo no obstante haberse casado con una mujer que también resultó santa.  Se llamaba María Toribia a la que se venera en España como Santa María Cabezas.
San Isidro era labriego, trabajó en los campos y se hizo famoso entre los vecinos de Madrid por su piedad, se le consideró santo desde su muerte, al parecer acaecida en 1130. Enterrado en la parroquia de San Andrés, que levantó él en honor del Santísimo Sacramento, es hoy venerado en la madrileña iglesia de San Isidro, otrora catedral. . Fue canonizado en 1622.


sábado, 20 de julio de 2013

El Joropo en la Guayana del Siglo XIX

El baile del joropo era en el aspecto musical lo popular en la Guayana del Siglo diecinueve.  Tan popular que resultaba raro el evento que no tuviese el epílogo de un drama o una riña colectiva de marca mayor.  El Gobierno, preservador del orden y la salud públicos se vio, por lo tanto, obligado a decretar su prohibición, no obstante ser la ocasión más favorable a los periódicos  reclutamientos militares.
         Donde jamás se pudo reclutar en noche de joropo fue en la casa que don Raimundo Gotilla tenía en los morichales, pues cuando llegaba la comisión en busca de milicianos, el dueño se ponía el uniforme militar y sacaba su espada. 
         En 1863, el Presidente del Estado, Juan Bautista Dalla Costa Soublette, dispuso que “atendiendo el gobierno provisorio a que uno de sus primeros deberes es prevenir los males que podrían sobrevenir a los habitantes de esta capital y sus ejidos, si se descuidase la salubridad pública, y considerando que en los bailes denominados joropos se cometen excesos que refluyen en contra de la salud pública, ha acordado hoy prohibir absolutamente la continuación de tales bailes de joropos (...) El que faltara a esta disposición deberá ser penado de modo serio y sin ninguna contemplación”. 
         La Revolución Legalista quiso ser más condescendiente con el pueblo y resolvió permitir el baile de joropo, pero reglamentado, vale decir, insertando en el Reglamento de Policía el siguiente artículo que obligaba a los agentes del orden público a  que “no deben permitir que se baile joropo o fandango sin haber obtenido permiso de la autoridad”.
         Nótese que se dice “joropo o fandango”, lo cual refuerza la tesis según la cual el joropo venezolano tiene su antecedente en el fandango, antiguo baile zapateado andaluz que se ejecuta con acompañamiento de guitarra y castañuelas.  El joropo nuestro se ejecutaba con acompañamiento de un instrumento llamado “Cinco” que hacía las veces de guitarra y “maracas”, las veces  de castañuelas.  No existía el cuatro sino el “Cinco”.  Los bolivarenses eran muy aficionados a este instrumento a juzgar por  lo que dice el semanario “Ecos del Orinoco”, en su edición del 24 de diciembre de 1890: “El pueblo laborioso y entusiasta del cinco y el tradicional furruco, el de los cantos de aguinaldo a domicilio, prepárase también para celebrar el nacimiento del Dios-niño”.
         El fandango ha sido utilizado por Gluck en Don Juan, por Mozart en Las bodas de Fígaro y por Granados en Goyescas.  Recuérdese que nuestro famoso joropo Alma Llanera nació precisamente de una Zarzuela  con música del insigne maestro Pedro Elías Gutiérrez  y letra del polifacético escritor y periodista Rafael Bolívar Coronado.  Esta zarzuela que resaltó al joropo de nuestros días tuvo como escenario el Teatro Caracas, el 19 de septiembre de 1914.
         De suerte que podemos considerar el joropo guayanés como muy particular y distinto al de los Llanos, es decir, que no se ejecuta con arpa.  El instrumento musical principal  fue en un principio el Cinco.  Después, en el siglo veinte, el Cinco fue sustituido por el Cuatro en el acompañamiento y se le incorporó además la bandola de ocho cuerdas, no cuerdas de acero como las de ahora, sino cuerdas hechas con tripas de gato.
Por otra parte, el joropo guayanés, el que conocemos actualmente, tiene un modo de bailarse muy particular.  Aquí la mujer al igual que el hombre, también zapatea. Se dice que en el llano es el hombre quien zapatea mientras la mujer balsea o escobillea, sin embargo, en Guayana tanto el hombre como la mujer zapatean, en una eterna competencia, a excepción de la localidad de Valle de la Pascua, la manera como bailan el joropo en el resto del país no se compara con la del estado Bolívar.




viernes, 19 de julio de 2013

La Quebrada de la Logia

Así le decían a un arroyo o riachuelo que fluía a lo largo de una quiebra de la gran laja sobre la cual fija sus cimientos la casa colonial de San Isidro.   Ahora la fluidez no es tanta, parece más bien un arroyo dormido plácidamente a los pies de haces de caña de India.  Cursos de agua como ese abundan en las llanuras de Guayana y se conocen mejor como Morichales.  El cognomento se lo da la palma moriche o “Árbol de la vida” como la llaman en su lengua los guaraos en retribución a la utilidad de su fruto.
         Hasta los años treinta, Ciudad Bolívar era prácticamente el Casco Histórico y sus alrededores morichales, arena y cursos de agua conformando un paisaje en el que destacaba la casa colonia de San Isidro, cuyos predios se extendían hasta el Cerro La Esperanza y Cerro del Zamuro.  Precisamente por su patio arbolado discurría y sigue discurriendo un morichal que para 1818 cuando Bolívar residía en ella  era simplemente una quebrada pedregosa que se internaba hasta una depresión popularmente llamada “Las Tinas” porque en sus inmediaciones el gobierno hizo construir un pozo artesiano donde los vecinos iban a llenar sus tinas para el consumo doméstico.
         En otro paraje de la corriente donde asomaban unas lajas aplanadas, las lavanderas solían estregar la ropa propia de la familia y la que le entregaban por encargo.  Esa quebrada pasó a llamarse después  Quebrada de la Logia. Dice la leyenda que así la bautizó el Libertador porque allí, en sus mañaneros paseos, escuchó a varias lavanderas comadreando y hablando no muy bien de sus incursiones furtivamente nocturnas. Entonces habría llamado y dicho a oficiales de la escolta en tono de broma: ¿Quieren ver una logia de mujeres conspirando contra mí? ¡Miren, allí está!
         Seguramente las lavanderas se referían a Pepita Machado, la amante de Bolívar, que vivía en una casa cerca de la iglesia catedral. Pepita Machado era amante de Bolívar desde 1812 y en 1818 cuando llegó a Angostura desde las Antillas cayó enferma y ya convaleciente,  Bolívar para distraerla la llevaba a caminar por la orilla del río. Un día se le antojó retar a uno de sus oficiales para nadar con las manos atadas a la espalda hasta una goleta fondeada a  cien metros de la orilla. El Libertador por poco se ahoga y en vez de alegrar a Pepita ésta casi se muere de la angustia.
         Según el historiador José María Araujo, Josefina (Pepita) Machado era de cuerpo sensual, ojos oscuros, tez morena clara, cabellera negra, labios provocativos, de carácter audaz, inteligente y muy intrigante.
         Era el tipo de mujer que se entregan apasionadamente, aman con desesperación y nunca perdonan una ofensa por pequeña que esta sea.
Esa pasión dura largo tiempo en el alma de Bolívar, esa pasión incontenible producida por una mujer de 20 años. Simón y Pepita se amaron desde el mismo momento que se conocieron. Hicieron pública su relación sin importarles lo que diría la gente.
Pepita Machado se unió a El Libertador en la huida hacia Oriente perseguidos por las hordas de Boves.  Se marcha a Saint- Thomas y los amantes se dejan de ver por dos años. En 1816 cuando El Libertador y un grupo de patriotas deciden invadir Venezuela se comenta que el enamorado caraqueño detiene la expedición esperando a Pepita que se reuniría con él.
La mujer acompañó a Bolívar en el desembarco en Ocumare en la expedición que terminó en desastre. Volvieron a separarse los enamorados por otros dos años y en 1818 Josefina llega a Angosturas. Bolívar cruza Los Andes, vence en Boyaca. La mujer sigue a su amado a los Llanos, pero con tan mala fortuna que muere de tuberculosis en Achaguas en 1820.


miércoles, 17 de julio de 2013

Las Lavanderas del Orinoco


Durante largo tiempo la ropa, tanto de ricos como de pobres, era lavada en el río o en los remansos de los morichales.  Muy raro el viajero que hiciera parada en Ciudad Bolívar y no se refiriera a las Lavanderas del Orinoco.  En 1868, el explorador alemán Carla Geldner le dedica un párrafo en su diario de viaje “la encontramos aquí riéndose y hablando, parada en el agua hasta las pantorrillas pegándole tanto la ropa gruesa como la más fina sobre pedazos de roca”.  Ciertamente la ropa la estregaban con una tusa de maíz o golpeándola con una porra y en vez de jabón utilizaban el jugo del paraparo que tiene propiedades detergentes muy naturales.
         En la Quebrada de la Logia que cursa por el traspatio de la Casa de San Isidro, se lavó durante mucho tiempo y muy cercana a ella pasa una vía empedrada llamada El Trabuco por donde se iba hasta la ciudad. Por allí dice la tradición que Bolívar se dirigió a instalar el Congreso de Angostura. Esa vía pasó a llamarse Callejón de los aparecidos porque, al decir de quienes experimentaron el fenómeno sobrenatural, después de la muerte del Libertador en 1830 se sentían los pasos de los oficiales encargados de su escolta.
         De suerte que las lavanderas, por temor a ese espanto, no madrugaban ni lavaban hasta muy tarde en el Morichal de San Isidro.  El mismo comportamiento asumían para lavar en el Orinoco, aquí era por temor a los Caimanes que asomaban su hocico por las riberas del puerto de  la Aduana y en las bocas del Orocopiche sobre el Orinoco. Había uno por la zona de Orocopiche que no dejaba en paz a las tradicionales lavanderas del sector. Este fue capturado el 3 de julio de 1950, entre la Boca del San Rafael y La Toma, cerca de la Cerámica, por el Mayor José Antonio González, jefe militar de la plaza, Jorge Suegart, director de El Luchador y un hijo de éste que así se lo propusieron de manera exitosa.
         Las lavanderas del Orinoco utilizaban en su oficio cotidiano una porra llamada “Manduco” para sacarle el sucio a la ropa, igualmente un vegetal que llamaban “estropajo” y a falta de jabón utilizaban la pulpa del fruto del Paraparo, árbol que abunda en el Cerro del Zamuro.
Los frutos alargados del estropajo contienen un esponjoso tejido fibroso que al secarse, las domésticas lo utilizaban para lavar no solamente la ropa sino platos y demás utensilios de la cocina. Igualmente era usado para el baño. Tan bueno y reconfortante era bañarse con esta esponja vegetal dio lugar al dicho en boga de que “no hay nada como bañarse con estropajo”.

En cuanto al manduco como instrumento para lavar la ropa fue adoptado en tiempos de la Colonia en manos de los indígenas y así se extendió hasta muy avanzado el siglo veinte, por lo tanto  es una herencia indígena colonial y en la vecina Colombia es tan popular que las mujeres cuando van a lavar a la orilla del río suele entonar esta canción que con ciertos agregado popularizó el músico y compositor Gilberto Simoza: “Mi mamá me dio el manduco / El manduco pa' la ropa / El manduco pa' lavá /  Que mi manduco pa' la ropa / El manduco pa' lavá / La comadre Josefina / Ya no presta su manduco /   Porque el negro Juan Bautista / Se lo lleva pa' pelear / Que mi manduco pa' la ropa / El manduco pa' lavá / Que mi manduco pa' la ropa / El manduco pa' lavá / Ese negro Juan Bautista / Lo que quiere es pelear / Y no ayuda a Josefina / Que tiene que trabajá / Que mi manduco pa' la ropa / 
El manduco pa' lavá / Que mi manduco pa' la ropa / El manduco es pa' lavá!”