lunes, 22 de julio de 2013

La taberna de La Alameda de Ciudad Bolívar


El exquisito vino de la isla Madera se conseguía a buen precio  en una taberna de la Alameda donde había billar y mesas de juego, y a él se aficionó tras la toma de Angostura por los patriotas, el legionario Gustavus Mathias Hipislley y también el Libertador.
         Al Libertador le agradaba el vino, tanto como el baile. Elogiaba sus virtudes.  “Es una de las producciones de la naturaleza más útiles para el hombre; tomado con moderación fortifica el estómago y todo el organismo.  Es un néctar sabroso y su más preciosa virtud es la de alegrar al hombre, aliviar sus pesares y aumentar su valor.”
         Anecdóticamente comentó en cierta ocasión cómo una simple botella de vino madera le hizo cambiar de decisión y ganar una batalla que parecía imposible.
         Empero si bien el vino agradaba al Libertador, trataba de evitarlo debido a que lo excitaba en extremo.  Exaltaba de tal forma su temperamento que lo hacía según el caso escenificar comportamientos fuera de todo orden y protocolo como el que tuvo al final de un banquete ofrecido en Angostura a John B. Irving, Comisionado especial del Gobierno de los Estados Unidos.  En sus Leyendas Históricas, Arístides Rojas cuenta que Bolívar, al llegar el momento de los postres, se subió a la mesa y pisando de un extremo a otro cuanta losa y cristalería había en ella, prorrumpió enardecido al calor de la conversación:  “Así, así  iré yo del Atlántico al Pacífico y desde Panamá a Cabo de Hornos, hasta acabar con el último español.”  Esto, al parecer, se hizo una constante pues en el Alto Perú en 1924 – escribe el general Francisco Burdett O’Conor-, Bolívar dio un banquete a los jefes oficiales con ocasión de la reunión de las unidades del Ejército Libertador y al contestar un brindis suyo, exclamó alzando la copa “Este es un brindis” Luego saltó sobre la mesa, vació la copa y la estrelló contra la pared de la sala.  En Arequipa en 1825 en un banquete que ofreció el general argentino Rudesido Alvarado, hizo algo parecido.  Las explosiones temperamentales casi desbordando las copas por lograr la libertad de América.  De todas maneras, Bolívar era indudablemente un genio y a decir de Séneca “no ha habido hombre genio extraordinario sin mezclarse de locura”.
         Al Libertador le agradaba el vino, pero lo evitaba porque lo excitaba en extremo. Exaltaba de tal forma su temperamento que lo hacía según el caso escenificar comportamientos fuera de todo orden y protocolo como el que tuvo al final de un banquete ofrecido en Angostura a Juan Bautista Irving, comisionado especial del Gobierno de los Estados Unidos. Cuentan que Bolívar, al llegar el momento de los postres, se subió a la mesa y pisando de un extremo a otro cuanta loza y cristalería había, prorrumpió enardecido al calor de la conversación: “Así, así, iré yo, del Atlántico al Pacífico y desde Panamá a Cabo de Hornos, hasta acabar con el último español”.
         Como cualquier ser humano común y corriente, pero con espíritu jovial, a Bolívar le gustaba el baile aunque con el tiempo, a medida que iba saliendo de la guerra, pero agravándose los problemas políticos y de salud, esa afición fue decayendo.
         Su baile preferido era el valse y danzaba horas seguidas cuando encontraba buena pareja.  Llegó a decir Bolívar a su edecán Perú de Lacroix que el baile lo inspiraba, y excitaba su imaginación de manera tal que muchas veces, estando en campaña, alternaba el baile con la tarea de escribir y despachar órdenes cuando por la noche había fiesta en alguna ciudad, pueblo o villa del lugar donde acampaba su ejército.

         “Hay hombres – decía – que necesitan estar solos y bien retirados de todo ruido para poder pensar y meditar; yo en cambio, reflexiono y medito en medio de la sociedad, de los placeres, del ruido y de las balas”.

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