viernes, 19 de julio de 2013

La Quebrada de la Logia

Así le decían a un arroyo o riachuelo que fluía a lo largo de una quiebra de la gran laja sobre la cual fija sus cimientos la casa colonial de San Isidro.   Ahora la fluidez no es tanta, parece más bien un arroyo dormido plácidamente a los pies de haces de caña de India.  Cursos de agua como ese abundan en las llanuras de Guayana y se conocen mejor como Morichales.  El cognomento se lo da la palma moriche o “Árbol de la vida” como la llaman en su lengua los guaraos en retribución a la utilidad de su fruto.
         Hasta los años treinta, Ciudad Bolívar era prácticamente el Casco Histórico y sus alrededores morichales, arena y cursos de agua conformando un paisaje en el que destacaba la casa colonia de San Isidro, cuyos predios se extendían hasta el Cerro La Esperanza y Cerro del Zamuro.  Precisamente por su patio arbolado discurría y sigue discurriendo un morichal que para 1818 cuando Bolívar residía en ella  era simplemente una quebrada pedregosa que se internaba hasta una depresión popularmente llamada “Las Tinas” porque en sus inmediaciones el gobierno hizo construir un pozo artesiano donde los vecinos iban a llenar sus tinas para el consumo doméstico.
         En otro paraje de la corriente donde asomaban unas lajas aplanadas, las lavanderas solían estregar la ropa propia de la familia y la que le entregaban por encargo.  Esa quebrada pasó a llamarse después  Quebrada de la Logia. Dice la leyenda que así la bautizó el Libertador porque allí, en sus mañaneros paseos, escuchó a varias lavanderas comadreando y hablando no muy bien de sus incursiones furtivamente nocturnas. Entonces habría llamado y dicho a oficiales de la escolta en tono de broma: ¿Quieren ver una logia de mujeres conspirando contra mí? ¡Miren, allí está!
         Seguramente las lavanderas se referían a Pepita Machado, la amante de Bolívar, que vivía en una casa cerca de la iglesia catedral. Pepita Machado era amante de Bolívar desde 1812 y en 1818 cuando llegó a Angostura desde las Antillas cayó enferma y ya convaleciente,  Bolívar para distraerla la llevaba a caminar por la orilla del río. Un día se le antojó retar a uno de sus oficiales para nadar con las manos atadas a la espalda hasta una goleta fondeada a  cien metros de la orilla. El Libertador por poco se ahoga y en vez de alegrar a Pepita ésta casi se muere de la angustia.
         Según el historiador José María Araujo, Josefina (Pepita) Machado era de cuerpo sensual, ojos oscuros, tez morena clara, cabellera negra, labios provocativos, de carácter audaz, inteligente y muy intrigante.
         Era el tipo de mujer que se entregan apasionadamente, aman con desesperación y nunca perdonan una ofensa por pequeña que esta sea.
Esa pasión dura largo tiempo en el alma de Bolívar, esa pasión incontenible producida por una mujer de 20 años. Simón y Pepita se amaron desde el mismo momento que se conocieron. Hicieron pública su relación sin importarles lo que diría la gente.
Pepita Machado se unió a El Libertador en la huida hacia Oriente perseguidos por las hordas de Boves.  Se marcha a Saint- Thomas y los amantes se dejan de ver por dos años. En 1816 cuando El Libertador y un grupo de patriotas deciden invadir Venezuela se comenta que el enamorado caraqueño detiene la expedición esperando a Pepita que se reuniría con él.
La mujer acompañó a Bolívar en el desembarco en Ocumare en la expedición que terminó en desastre. Volvieron a separarse los enamorados por otros dos años y en 1818 Josefina llega a Angosturas. Bolívar cruza Los Andes, vence en Boyaca. La mujer sigue a su amado a los Llanos, pero con tan mala fortuna que muere de tuberculosis en Achaguas en 1820.


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