lunes, 15 de julio de 2013

Extrañas coincidencias


En la casa donde sesionó desde el 15 de febrero de 1819 el Congreso de Angostura, funcionó después durante muchos años el Colegio Federal de Guayana que llegó en tiempos del presidente Joaquín Crespo a tener rango universitario. Aquí se doctoraron médicos, jurisconsultos y hasta sacerdotes y el día en que fue clausurado de un plumazo por el Presidente Cipriano Castro, se desplomó desde el frontispicio el busto del doctor José María Vargas.
         Tal cual como se desplomaron igualmente el 5 de julio de 1972 las cuatro esferas del reloj de la Catedral bajo una fuerte tempestad eléctrica, coincidencialmente cuando ocurría la muerte del ex presidente Raúl Leoni, en Washington.  La Torre no estaba protegida con para-rayos ni tampoco con seda que según la creencia de la gente espanta los rayos.
         Hubo entonce que mandar a fabricar otro reloj en Holanda y sus campanas cada cuarto de hora acompasaban el coro del Himno del Estado Bolívar. La Torre tenía trece campanas: cinco del reloj, tres viejas y cinco nuevas agregadas que operaban por un sistema electrónico desde la Sacristía porque el campanero dejó de subir a la torre de 44 metros desde que su hijo Guillermo, de 14 años, al subir a dar un repique ritual a las tres de la tarde, aprovechó la brisa para echar a volar su papagayo caminando por el techo y cayó mortalmente desplomado sobre el altar mayor.
En septiembre de 2010, el reloj debido a desperfectos volvió a ser sustituido por uno más moderno de múltiples cantos sacros que pueden con buena brisa escucharse a dos kilómetros a la redonda.
         A raíz de la tempestad eléctrica que acabó con los relojes de la Catedral, se agotó la seda en las tiendas y todo el mundo andaba asustado ante el temor de que fuese cierto lo pronosticado por el doctor José Nancy Perfetti, director del Centro de Geociencia de la Universidad de Oriente.  El había prevenido que sobre la ciudad se desataría una  tempestad seguida del calor febril y acre que sofocaba al habitante.  Lo inaceptable para muchos era que todo un científico como el doctor Perfetti recomendara para protegerse de los rayos, anudarse un lacito de seda en los dedos gordos de los pies y las manos, además de uno en el cuello a manera de collar.  Para los incrédulos era algo casi rayano en lo ridículo; sin embargo, muchos aceptaron porque aparte de resguardarse bien en una casa con pararrayos, no había al parecer otra alternativa.  La advertencia indicaba que la seda debía ser la pura que teje el gusano devorador de la morera pues había de otra clase fabricada con filamentos de celulosa que en ambiente electrizado podría trabajar al revés, pero por lo que se comentó luego, la gente atemorizada no reparó en el detalle y agotó el stock que de ambas clases tenían las tiendas.  Miles de rayos cayeron sobre la Angostura del Orinoco y nunca ante Dios y los santos vinculados al rayo y a la lluvia como San Isidro Labrador, recibieron mayor número de plegarias.  La empresa del alumbrado eléctrico en prevención cortó el fluido hasta tanto pasara la tempestad.  La ciudad quedó bajo una oscuridad tan sólo interrumpida por el vivo resplandor de los fucilazos.  Al día siguiente no se hablaba de otra cosa que del vaticinio Perfetti y los resultados milagrosos de la seda toda vez que nada se supo de persona alguna que hubiese sido fulminada por un rayo.  Solo el Arzobispo Mata Cova se lamentaba de no haberle colocado un lazo de seda a la torre de la Catedral pues una centella había caído y dañado los relojes importados de Hamburgo el siglo pasado.



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