domingo, 28 de julio de 2013

El Indio Cristóbal Uayacundo


Este indio guayano acompañó a Sir Walter Raleigh hasta el cadalso y vio cortarle la cabeza.  Uayacundo era su nombre aborigen y Cristóbal el de bautizo con el cual lo cristianizó  el Vicario del Convento San Francisco antes de recomendarlo a Diego Palomeque de Acuña, Gobernador de la Provincia de Guayana, cuando lo asimiló como criado. Era un indio puro de piel broncínea, rápido, intuitivo y movimientos ágiles como todos los de su estirpe.
         Diego Palomeque de Acuña había llegado el 8 de noviembre  de 1615 a tomar posesión de la gobernación de la Provincia de Guayana, pero un día vinieron seiscientos soldados del caballero inglés Sir Walter Raleigh en dos navíos y una carabela en busca de la ciudad que servía de puerta principal en el camino hacia la misteriosa ciudad de El Dorado, pero los escasos habitantes de esa ciudad bautizada el 21 de diciembre de 1595 con el nombre de Santo Tomás de Guayana, le hicieron frente.
El entonces Gobernador Palomeque tan sólo contaba con medio centenar de hombres para defender la ciudad, además de dos piezas de artillería y cuatro cañones pedreros.  Con tan menguados recursos el Gobernador resistió heroicamente, hasta que una bala lo desplomó para siempre en aquella orilla del río, pero he aquí que del otro bando también murieron varios oficiales, entre ellos, Wat, de 25 años, hijo de Walter Raleigh, quien  había quedado quebrantado de salud en Trinidad.
Sir Walter, quien se había quedado en Trinidad, se enteró de la noticia al mes siguiente y se violentó tanto haciendo cargos al Capitán Lorenzo Keymes, jefe de la expedición, que éste, deprimido y dolido, terminó suicidándose de un pistoletazo a bordo de uno de los barcos de la flota.
Cristóbal Uayacundo formaba parte del botín y cruzó por primera vez el Atlántico abordo del buque “Destiny” y quedó deslumbrado cuando desembarcó en el puerto de Plymouth que durante el siglo XVI llegó a ser la base de las expediciones de Walter Raleigh y Francis Drake.
Releigh se empeñaba en que Cristóbal aprendiera el inglés para que le contara lo que se decía de la ciudad dorada, pero el tiempo no le alcanzó.  Mientras  Raleigh anclaba en Plymouth el 21 de junio de 1618,  el Conde Gondomar, representante español, denunciaba ante el Rey Jacobo Primero la invasión, saqueo, muerte y quema de Sano Tomás de Guayana y pedía al soberano condena  y reparación de los daños.
En aras de la paz y buenas relaciones con España, Raleigh fue apresado y conducido de nuevo a las Torres normandas donde ya había estado antes y se había consagrado como escritor y poeta. De allí como pudo se fugó, pero pronto fue capturado en las orillas del Támesis. Esta circunstancia aceleró su castigo y el 29 de octubre de 1618 su cabeza rodó tras el golpe  fatal del hacha del verdugo y ante los ojos aterrado del indio guayano Cristóbal Uayacundo arrebujado en una capa y confundido entre la muchedumbre que presenciaba la más cruel y salvaje de las condenas.
Sir Walter Raleigh tenía 66 años cuando fue decapitado: “Permítame verla.  ¿Crees que tengo miedo?” dicen que dijo y el verdugo le entregó el hacha cuyo filo acarició con estas palabras: “He aquí una medicina fuerte pero que vence todas las enfermedades”.
- ¿Y de qué lado os provoca recostar la cabeza, Sir?
- Si el corazón está bien puesto nada importa el lado en que esté colocada - respondió el poeta.  El indio bajó la cabeza y camino embutido en lo que serían sus largas noches de insomnio mientras las hojas del otoño ya anunciando la proximidad del invierno, formaban un manto lúgubre sobre las calles húmedas de Londres.



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