jueves, 17 de enero de 2013

Tachito y La Cumbre


Posada de la Montaña
Mientras en Puerto Ordaz esperaban por Tachito Somoza para instalar la Cumbre de Jefes de Estado, éste se hallaba en la Terminal de Pasajeros de Ciudad Bolívar pasando el susto por haber quedado en pleno vuelo sin gasolina su avión Sabre 60, pero lo reconfortaba el pasaje urbano de la capital orinoquense y un hotel, coincidencialmente, Hotel La Cumbre, sobre una colina alta, obra del Premio Nacional de Arquitectura, Fruto Vivas.  El Jefe de Aeropuertos, Efrén Bolívar, le echó el cuento, pues el impresionante hotel estaba abandonado a causa de un embargo hacía tres años.  Lo hizo construir el  médico Arturo Toledo que en los años 60 vivía en el mismo lugar que para entonces era un cerro de puro monte y culebra y cuenta él mismo que cuando a su esposa  Julia subieron a visitarla varias señoras de la ciudad y viendo todo aquel enredo de maderas labradas entre grandes piedras y formidables bases se concreto armado, preguntaron, entonando su asombro: “Mira, July, ¿quién es el loco que está haciendo eso?” A lo que respondió la esposa de Toledo: “Un loco que está por ahí”.  Y el arquitecto Fruto Vivas que trabajaba muy cerca, pero atento sin ser visto,  irrumpió entre la maraña muy expresivo: ”Loco yo no, señora, loco es su marido que hace lo que yo le digo que haga”

            Y la locura que en estos casos es como un estado de sueño virtualmente imposible, se hizo realidad tangible hasta el punto de que el propio pueblo en concurso inusitado escogió el nombre.  Se llamará “La Cumbre”, dijo una niña del barrio La Sabanita que entre miles se ganó el premio y a las nueve y media de la mañana del sábado 19 de septiembre de 1964, cuando Ciudad Bolívar todavía no tenía puente, el imponente hotel con Lila Morillo, Mario Suárez y Amado Lovera y cien padrinos, quedó inaugurado.

            Un día vino Maximiliam Schell, primera figura de la película “La Epopeya del Libertador”, cuando esta era rodada en la ciudad, y no quería irse del hotel, casi siempre metido en la piscina con forma de guitarra, construida sobre una inmensa laja a la que los vecinos le atribuían cierta fuerza magnética capaz de salvar y curar

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