miércoles, 31 de julio de 2013

El Tabaco de Chirica en Guayana


Chirica es más y mejor conocida por la Batalla que en abril de 1817 libró en ella Manuel Piar, que por la primera siembra de tabaco que se registró en Guayana.
         No sólo fueron en Chirica los primeros cultivos de Tabaco sino que produjo las primeras divisas de contrabando con los holandeses  en tiempos del gobernador Fernando de Berrío, segundo de la generación de los Berríos fundadores de la Provincia de Guayana y el Dorado.
         Muy pocos saben que la capital de la provincia despoblada por el hambre y el asedio de piratas e indios rebeldes, estuvo asentada en la Mesa de Chirica luego de la muerte de don Antonio de Berríos.
         A la muerte de Antonio de Berrío en 1597, Santo Tomé, como dice Pablo Ozaeta,  era solo una sombra, después del fracaso de la gran inmigración traída por Domingo de Vera; una aldea despoblada por el hambre y los ataques de los indios. Los pocos sobrevivientes se defendían con el ganado conseguido por Fernando de Berrío, hijo de Antonio, y unas pequeñas huertas en tierra demasiado ácida.
Había que buscar un sitio más seguro, no sólo defendible sino de tierras buenas para el fomento de la agricultura y la cría. En 1598, el joven Fernando reúne y plantea a los vecinos esta necesidad que fue bien acogida dada la situación precaria en que vivían.  Ya su lugar teniente y varios soldados había explorado las cercanías y encontraron que el sitio ideal era un lugar que los indios nominaban “Chirica” que en su lengua significa “Estrella de la buena suerte”.
Allá fue a tener la esmirriada población. Chirica además parecía adecuada para el cultivo del tabaco que desde la llega de Colón aromaba las cortes europeas. Años después, ese sería el principal producto de exportación de Guayana, que en 1622 enviaba a España 2.000 arrobas de tabaco de buena calidad, aunque no tan apreciado como el de Barinas.
Para entonces ya en el valle de Caracas tanto indios como hispanos se habituaban al mágico humo del tabaco al cual le atribuían propiedades medicinales y efectos narcóticos muy expansivos y relajantes   El gobernador de Caracas, Juan de Pimentel no pasa por alto esta costumbre y explica al Rey en 1579, cómo tanto naturales como hispanos utilizaban la hoja de la planta una vez puestas al secado: “Lo toman los españoles y naturales en humo por la boca  y molido por la nariz. Lo tienen por muy medicinal aunque acá no se sabe aplicar bien.  Muchos naturales curan con este tabaco especialmente humores fríos y heridas…”
A medida que transcurría el tiempo, al Tabaco le fueron encontradas otras propiedades  o aplicaciones como el cocimiento suave de las hojas verdes en lavativas para combatir la paresia intestinal y también en los casos de hernias estranguladas.  Igualmente confeccionaban un preparado  contras las neuralgias y contra el reumatismo.  Asimismo, las hojas frescas en infusión la aconsejaban contra la sarna.
De suerte que la hoja del Tabaco, seca o verde, se prestaba y aprovechaba para atacar muchos males en el campo de la medicina empírica y por otro lado para la relajación o euforia espiritual.  De allí su importancia comercial al lado del cacao que los hispanos pensaban traer desde la Esmeralda donde se daba muy bien y para ello Centurión quería abrir un camino hasta La Carolina.
Los cultivos del Tabaco se dieron muy bien desde Chirica hasta el valle de San Antonio de Upata y logró desde fines del siglo dieciséis un aumento extraordinario hasta el punto de que se limitó durante un tiempo su cultivo para evitar el contrabando.  La exportación ilegal del Tabaco a países distintos a España, principalmente a Holanda, obligó a que la Corona prohibiese cultivo en zonas cercas a las costas.  Posteriormente las autoridades coloniales establecieron el llamado “estanco del tabaco”, embargo o prohibición del curso y venta libre del producto. (AF)


martes, 30 de julio de 2013

La Gran Sabana de Berrío


Don Fernando de Berrío, gobernador de la Provincia de Guayana, tras la muerte de su padre en 1597, pensando en la conveniencia de levantar una nueva ciudad, buscaba tierras no tan áridas y calurosas como la de Santo Tomás de Guayana y localizó lo que hoy conocemos como la Gran Sabana.  
         Pablo Ozaeta dice en sus Relatos sobre Guayana, que armó una expedición al mando de su lugar teniente, Domingo de Vera Irbagoyen, y éste encontró hacia el Sur unas tierras altas y más frescas que las del Orinoco.   Allí Fernando de Berrío colocó las primeas piedras de su ciudad soñada y la bautizó con el nombre de  Los Arias.
         Inmediatamente después escribió al Rey Felipe II informándole del suceso y destacando que las tierras eran muy fértiles y escasamente montañosas, pero que necesitaba inyectarle unas 300 personas que muy bien pudiera hacer venir de Puerto Rico para comenzar allí una actividad urbana y rural que sirviera de expansión a la provincia.
         Las 300 personas que requería Berrío para comenzar a poblar  esa inmensa extensión del Sur que ha sido declarada Monumento Natural de la Humanidad, nunca llegaron  ni jamás se supo por qué quiso poner ese nombre de “Los Arias” que no aparece en los antecedentes históricos de la  fundación del municipio.
Sabemos por referencia que en los primeros estudios cartográficos realizado en la zona por el explorador  Félix Cardona Puig  aparece con el nombre de “Gran Sabana” no obstante que para la época, comienzos del siglo veinte, la zona de Ciudad Bolívar que se extendía hasta más allá del Polideportivo Heres se llamaba así “La Gran Sabana” y “Sabanita” a la zona occidental del Río San Rafael.
         La Gran Sabana está actualmente atravesada por una carretera desde El Dorado a Santa Elena de Uairén  a 200 metros de altitud hasta los 1500 en menos de 30 kms, en un lugar apropiadamente denominado La Escalera. Su condición de sabana se  debe  a la constitución rocosa y arenosa de los suelos, aunque pueden observarse manchas de selva en algunas depresiones y, sobre todo, selvas de galería junto a los ríos.
Esta salpicada por macizos antiguos muy erosionados en forma tabular llamados tepuyes, ejemplos de relieve invertido, que conforman una clase de mesetas típicas de las Guayanas, las cuales, en la Gran Sabana, alcanzan su máxima altitud en el Tepuy Roraima, con 2.800 metros sobre el nivel del mar.
La ciudad más importante de la zona es Santa Elena de Uairén, con una población aproximada de 29.000 habitantes, y ubicada cerca de la frontera brasileña. Se encuentra a una distancia aproximada de 1.400 km de Caracas.
Dentro de la Gran Sabana se halla el Parque Nacional Canaima creado mediante decreto el 12 de junio de 1962 con una superficie aproximada de un millón (1.000.000) de hectáreas. En 1975 sus dimensiones fueron ampliadas a 3.000.000 de hectáreas (30.000 km²)  lo que lo convierte en el sexto parque nacional (en dimensiones) en el mundo.
La etnia Pemón es el grupo más numeroso de los indígenas en la región.  Se encuentran esparcidos por todo el Parque Nacional Canaima y se dividen en tres grandes grupos: Arekunas, Taurepanes y Kamarakotos, amables, tranquilos y trabajadores. Son los habitantes comunes de la Gran Sabana y hoy en día se han compenetrado en la actividad turística, manejan y administran posadas y sirven de guías en expediciones por la región, también hablan con facilidad el inglés.
El idioma de casi todos los indígenas de la zona es el Pemón, lengua de la familia caribe emparentada con los extintos Tamanacos y Chaimas.
Para llegar a la Gran Sabana es necesario transitar la carretera asfaltada que la cruza entre El Dorado y la frontera con el Brasil, igualmente puede tomarse un avión hasta Santa Elena de Uairén. (AF)


lunes, 29 de julio de 2013

La mala racha de Berrío



El 21 de diciembre de 1595 se registra como fecha de la fundación de la capital de la Provincia de Guayana  por el Capitán Antonio de Berrio, frustrado  buscador de El Dorado, que  siguiendo las huellas del Adelantado Gonzalo Jiménez de Quesada,  se internó en tierras del Orinoco para posesionarse de ellas a nombre de su Rey Felipe II.
         Pero esa fecha ni antes ni ahora se ha celebrado y pocos quizás la recuerdan, simplemente porque esa primigenia ciudad la conmutó el tiempo.  No tuvo fortuna en ese sentido el Capitán, siempre lo acompañó la mala racha.
Concibió el nombre de San José de Oruña para  testimoniar la admiración que sentía por el santo carpintero y su mujer María, quien le dio  diez hijos, entre ellos dos varones tan arrogados como él: Fernando, dos veces Gobernador de Guayana, y Francisco, Gobernador de Caracas.  Ambos desaparecieron, uno ahogado y el otro durante un secuestro.
         Ninguno de los nombres que le inspiraron paisajes y lugares, permanecieron.  Quiso que el río Meta se llamara Candelaria, pero Meta se quedó desde que nace en territorio colombiano hasta fluir sus aguas en el Orinoco.
         Fundó un pueblo con el nombre  de San José de Oruña en la Isla de Trinidad, donde fue a parar durante la tercera  expedición que le permitió  descender el Orinoco, pero tampoco tuvo suerte
         La suerte de Berrio fue aun más paupérrima con  Santo Tomás, pueblo fundado en la orilla derecha del Orinoco, justo donde moran  desde hace más de cuatro siglos  los  Castillos San Francisco y el Padrastro.  Este pueblo o ciudad fue seis veces saqueado  y quemado por corsarios y piratas de países enemigos de España y terminó  mudado con el nombre de Angostura, hoy Ciudad Bolívar,  que en vez del Apóstol tiene como patrón o patrona a Nuestra Señora de las Nieves.  Para colmo, los administradores contemporáneos de esta provincia fundada por él, nada o casi nada le han reconocido a la hora de erigir  nuevos pueblos, en cambio, no ha  ocurrido lo mismo con Diego de Ordaz (Puerto Ordaz) que fue tan bárbaro y cruel con nuestros indios.  Berrío por antítesis, aun cuando se le carga la muerte de Morequito, era todo un “valiente caballero”, por lo menos así  lo reconoció  su enemigo Sir Walter Raleigh.
Definitivamente que Santo Tomás de la Guayana  no fue afortunada en el Bajo Orinoco ni tampoco su fundador. Antonio de Berrío, quien malgastó en la ilusión de El Dorado la fortuna de su esposa y de sus hijos.  Murió arruinado y recriminado. Una hispana de armas tomar, indignada por los desaciertos y poca suerte de la ciudad en ciernes, se fue al despacho de Berrío donde se hallaba reunido con varios capitanes, y vaciando en el suelo un zurrón con 150 doblones, lo increpó de esta manera: “Tirano, si buscas oro en esta tierra miserable, donde nos has traído a morir; de las viñas, tierras y casas me dieron esto y lo que he gastado para venirte a conocer, aquí está, tómalo”. 


Y los doblones lanzados contra el piso de piedra sonaron como preaviso de los dobles de las campanas del santuario religioso días después por la muerte de don Antonio, quien ejercía la Gobernación por dos vidas, de manera que le sucedió su primogénito hijo Fernando de Berrío y Oruña, demasiado joven, apenas veinte años, pero astuto y atrevido puesto que para poder sostener la ciudad burló mandatos reales que prohibían el comercio de contrabando y el tráfico de indios capturados por mercaderes holandeses en Barima.  Por ello fue enjuiciado y destituido.  La ciudad continuó dando tumbos hasta que después de la Expedición de Límites, recomendaron su reubicación mucho más arriba de la confluencia del Orinoco con el Caroni, justamente donde el río angosta sus aguas ente dos rocosas colinas y una Piedra en el medio.(AF)

domingo, 28 de julio de 2013

El Indio Cristóbal Uayacundo


Este indio guayano acompañó a Sir Walter Raleigh hasta el cadalso y vio cortarle la cabeza.  Uayacundo era su nombre aborigen y Cristóbal el de bautizo con el cual lo cristianizó  el Vicario del Convento San Francisco antes de recomendarlo a Diego Palomeque de Acuña, Gobernador de la Provincia de Guayana, cuando lo asimiló como criado. Era un indio puro de piel broncínea, rápido, intuitivo y movimientos ágiles como todos los de su estirpe.
         Diego Palomeque de Acuña había llegado el 8 de noviembre  de 1615 a tomar posesión de la gobernación de la Provincia de Guayana, pero un día vinieron seiscientos soldados del caballero inglés Sir Walter Raleigh en dos navíos y una carabela en busca de la ciudad que servía de umbral en el camino hacia la misteriosa nación de El Dorado, pero los escasos habitantes de esa ciudad bautizada el 21 de diciembre de 1595 con el nombre de Santo Tomás de Guayana, le hicieron frente.
El entonces Gobernador Palomeque tan sólo contaba con medio centenar de hombres para defender la ciudad, además de dos piezas de artillería y cuatro cañones pedreros.  Con tan menguados recursos el Gobernador resistió heroicamente, hasta que una bala lo desplomó para siempre en aquella orilla del río, pero he aquí que del otro bando también murieron varios oficiales, entre ellos, Wat, de 25 años, hijo de Walter Raleigh, quien  había quedado quebrantado de salud en Trinidad.
Sir Walter, quien se había quedado en Trinidad, se enteró de la noticia al mes siguiente y se violentó tanto haciendo cargos al Capitán Lorenzo Keymes, jefe de la expedición, que éste, deprimido y dolido, terminó suicidándose de un pistoletazo a bordo de uno de los barcos de la flota.
Cristóbal Uayacundo formaba parte del botín y cruzó por primera vez el Atlántico abordo del buque “Destiny” y quedó deslumbrado cuando desembarcó en el puerto de Plymouth que durante el siglo XVI llegó a ser la base de las expediciones de Walter Raleigh y Francis Drake.
Releigh se empeñaba en que Cristóbal aprendiera el inglés para que le contara lo que se decía de la ciudad dorada, pero el tiempo no le alcanzó.  Mientras  Raleigh anclaba en Plymouth el 21 de junio de 1618,  el Conde Gondomar, representante español, denunciaba ante el Rey Jacobo Primero la invasión, saqueo, muerte y quema de Sano Tomás de Guayana y pedía al soberano condena  y reparación de los daños.
En aras de la paz y buenas relaciones con España, Raleigh fue apresado y conducido de nuevo a las Torres normandas donde ya había estado antes y se había consagrado como escritor y poeta. De allí como pudo se fugó, pero pronto fue capturado en las orillas del Támesis. Esta circunstancia aceleró su castigo y el 29 de octubre de 1618 su cabeza rodó tras el golpe  fatal del hacha del verdugo y ante los ojos aterrado del indio guayano Cristóbal Uayacundo arrebujado en una capa y confundido entre la muchedumbre que presenciaba la más cruel y salvaje de las condenas.
Sir Walter Raleigh tenía 66 años cuando fue decapitado: “Permítame verla.  ¿Crees que tengo miedo?” dicen que dijo y el verdugo le entregó el hacha cuyo filo acarició con estas palabras: “He aquí una medicina fuerte pero que vence todas las enfermedades”.
- ¿Y de qué lado os provoca recostar la cabeza, Sir?
- Si el corazón está bien puesto nada importa el lado en que esté colocada - respondió el poeta.  El indio bajó la cabeza y camino embutido en lo que serían sus largas noches de insomnio mientras las hojas del otoño ya anunciando la proximidad del invierno, formaban un manto lúgubre sobre las calles húmedas de Londres. (AF)



sábado, 27 de julio de 2013

La Ciudad que no pudo ser


Santo Tomás de la Guayana, erigida desde el 21 de diciembre de 1595 como cabecera o capital de la Provincia de Guayana, no perduró en el tiempo.  Acosada por corsarios y piratas persistía de un lugar a otro del Bajo Orinoco en busca de una estabilidad que nunca llegó sino muy tarde y escondido su nombre originario por el manto de la Angostura del Orinoco.  Lo único que pervivió de esa frustrada fundación fueron los Castillos que desde lo alto de dos cerros gemelos trataban de cuidar el paso del río a la vez que las espaldas de la ciudad embrionaria,  cuidar o defender con descomunales cañones pedreros que poco daños causaban al enemigo como quedó demostrado durante la segunda incursión de Walter Raleigh, quien tomó la ciudad por un costado y permaneció en ella tanto como lo permitió la resistencia heroica del alcalde José Lezama, reemplazo  del gobernador Palomeque de Acuña caído bajo una andanada de mosquetes del reino de Jacobo Primero, pero se desquitaron los hispanos colonizadores apuntando moralmente a Wat, el imberbe hijo de Walter Raleigh, quien se había quedado en retaguardia señoreado sobre  la isla de Trinidad o de los Colibríes como era su nombre aborigen.
         La ciudad saqueada y quemada sobrevivió reconstruida por los pocos que permanecieron a duras penas diseminados entre bosques, riachuelos y quebradas a la espera de refuerzos que al fin de varias semanas llegaron de Cartagena con Fernando, el hijo mayor de Antonio de Berrío que volvía por sus predios temporalmente perdidos entre chismes, acusaciones y juicios de residencia.
         Fernando quiso hacer mucho con su impulso juvenil y terminó haciendo muy poco porque la vida tal como había sido pautada no le alcanzó.  En un viaje desesperado a la Madre Patria en busca de mejor provento pues las rentas estaban tan escuálidas, fue capturado en el  mar Mediterráneo por vándalos de moros que minaban las rutas.  El rescate nunca llegó o llegó muy tarde y Fernando pasó a mejor vida desde las circunstancias más trágicas de su vida.  Atrás quedaba  huérfana y desamparada la ciudad fundada por su padre.
         ¡Mala fortuna!  Nuevos gobernantes vinieron y duraron escasamente sobrecogidos de miedo bajo las piedras desmoronadas de los cerros y frente a un río que se perdía en su anchura de poco aliento para los cañones pedreros emplazados en las alturas.  Varias veces fue mudada la ciudad o, mejor dicho, su gente, porque las casas  siempre quedaban, vacías,  quemadas, muertas, bajo escombros, y sólo moraba itinerante el habitante y el nombre de Santo Tomás connotado con el toponímico del lugar.
         Hasta que en día de 1752 aparecieron las barcas del Capitán José de Iturriaga y José Solano y  señalaron la ruta y el lugar estratégicamente conveniente, unas treinta leguas más arriba entre dos colinas que estrechan al río y una Piedra en el Medio, entonces la ciudad quedó definitivamente reubicada en un lugar más estable y seguro, pero lejos del Mar, lo cual por un lado era una ventaja dese el punto de vista de la piratería internacional y por el otro nada provechoso porque la ciudad lejos del mar hacía más distante su comunicación con la España tutelar, proveedora de los recursos que necesitaba para la subsistencia.
         De suerte que la ciudad primigenia que no pudo ser, sería más tarde con otra faz y otros aires menos contaminados, más arriba hacia el Oeste, buscando el Orinoco medio custodiado por los Indios Sapoaros que hasta ese momento no habían visto más extraños que las canoas del Padre Gumilla remadas por los indios Tamanacos, en una expedición de exploración buscando rastros antiguos entre los arrecifes aflorados por el estiaje de marzo. (AF)
        
        




viernes, 26 de julio de 2013

Trapiche, mulas, paila y negros

Cuando a don José de Iturriaga lo nombraron Comandante General de los nuevos poblados del Orinoco (1762), lo primero que se le ocurrió para facilitar el aumento del vecindario, fue un proyecto para la producción de papelón, guarapo  y ron, lo cual debía comenzar con la siembra de la caña dulce, y comprar pailas, mulas y negros esclavos en las Antillas o posesiones de Portugal.
Contaba con la influencia de su amigo el Ministro de Marina e India, José de Arriaga.  Pero no todo cuanto pedía se le cumplió pues su Majestad no quería nada con los portugueses después de fracasada la expedición de Límites y anulación del tratado.
En vez de negros esclavos, Su Majestad prefería utilizar a los indios de las misiones sujetos a buen trato y salario, las mulas podía venir de las Misiones y lo demás, trapiches y la pailas de Margarita y Puerto Rico.
 “..Dice usted que se necesita un trapiche servido de mulas, pailas y negros, y que estos pueden traerse de las islas extranjeras; o de los portugueses de Río Negro dando el permiso conveniente y librando su importe en letras en España. Que se puede enviar un registro a Orinoco para que llevando los géneros pobres consumibles entre Guayana y sus misiones, las de los Jesuitas y esas fundaciones, puedan volver azúcar, introduciendo lo que le sobre en Meta, Casanare, y sus vecindades. Que haciendo falta peones para adelantar esas fundaciones, pide U. S. se mande al Gobernador de Cumaná , y a las misiones de Píritu, Guayana y Jesuitas del Orinoco entreguen los que U. S. pida a los capitanes de fundación. Y que se han empezado a cobrar los Diezmos, y el derecho de aguardiente entrado uno y otro en poder del Capitán de esa fundación.
Enterado el Rey de cuanto U. S. expone en la citada representación, no tiene S. M. por conveniente la Administración del trapiche de azúcar de cuenta de su Real Hacienda a medio copia, sino que se conceda esta gracia al Capitán poblador o a otro vecino si aquel no tuviere caudal para entretenerle, bajo las exenciones que perciben las leyes de la Recopilación de Indias, y que esto se entienda por regla general disponiendo U. S. que los tablones sembrados de caña dulce y tierra desmontada para el mismo efecto se reparta entre los vecinos labradores para su beneficio, bajo las mismas disposiciones de las leves.
Por ninguna causa quiere S. M. que se permita comunicación con los portugueses, por el Río Negro ni por otra parte, y mucho menos con el pretesto de comprarles negros para el trapiche o trapiches que se establezcan en esa fundaciones, pues esta comunicación declinaría precisamente en comercio ilícito.
Respecto de que no habrá quien quiera ir con registro a esos parajes hallándose tan al principio de su establecimiento, se encargará a la Compañía de Barcelona establezca un Factor en Orinoco en un paraje más proporcionado que acordare U. S. para llevar los efectos que necesiten esas fundaciones, desde Puerto Rico o Margarita, no admitiendo S. M. el medio que U. S. propone de que se introduzcan los sobrantes por el río Meta y Casanare por no abrir la puerta al comercio por aquella parte, y así mismo se expide con esta fecha las órdenes convenientes al Gobernador de Cumaná y misiones de Píritu, y Jesuitas del Orinoco para que faciliten los indios peones que U. S. pidiere para trabajar en esas fundaciones, pero con la condición de que se las haya de dar buen trato, y el jornal que fuere regular, y las remito a U. S. adjuntas para que se las dirija oportunamente…”



jueves, 25 de julio de 2013

La ciudad que si pudo ser


LA CIUDAD QUE SÍ PUDO SER
La ciudad de Santo Tomás de la Angostura del Orinoco se construyó con los restos de Santo Tomás de la Guayana y su traslado desde más abajo de la boca del Caroní a la angostura del río costó más de setenta mil reales coloniales, según las cuentas del contador oficial Andrés de Oleaga. Los trabajos de fundar la ciudad no lo hicieron propiamente los españoles, sino los mismitos indígenas de El Miamo, Guasipati, Carapo, Santa Clara y Pariaguán. Se consumieron desde el 14 de febrero al 22 de mayo de 1764 que duró el traslado, 700 arrobas de casabe; 400 arrobas de carne salada y 22 botijas de aceite de tortuga. Había tantas tortugas que, como escribió Julio Verne en su novela “El Soberbio Orinoco”, se podía  vadear el río de una orilla a otra caminando sobre sus carapachos.
         La flamante ciudad era apenas un Fuerte, un puñado de casas pequeñas y 13 ranchos. Extremadamente humilde, sin embargo, sus habitantes al día siguiente ya estaban manifestando, protestando contra el comandante del Alto Orinoco, José de Iturriaga, a quien consideraban cruel, déspota y despiadado, de manera que podemos decir que Angostura, hoy Ciudad Bolívar, nació bajo el signo de la protesta.
         Joaquín Moreno de Mendoza, quien tuvo bajo su mando y responsabilidad el traslado de la ciudad, tampoco corrió con buena suerte, pues además de la protesta que debió aplacar, a los pocos meses se le quemó gran parte de la ciudad y tuvo que recomenzarla.
         La Comandancia de la Provincia de Guayana la compartía con el jefe de escuadra José de Iturriaga  y esto lo disgustaba como también disgustaba al otro que lo acusó de llevar una vida licenciosa en Angostura.
         El 21 de septiembre de 1762, pocos meses después de su nombramiento, el Rey mandó que se lo reprendieran por su “licenciosa vida, pues tenía una amistad deshonesta que disipa la dote de su mujer y el patrimonio de sus hijos...”
         Total que Moreno de Mendoza tuvo que renunciar y se despidió con una poesía larga, la primera escrita en Angostura. Tan larga era que parecía más bien un testamento de 434 versos. Deducimos que el hombre pensaba suicidarse, estaba tan deprimido y decepcionado que quería morir, pues el poema termina con este epitafio que pedía colocaran sobre su losa: “Aquí yace Moreno que ostentando / le vio tres años mi cerviz rigiendo / buen ejemplo de los que están mandando / Pues él en mi Provincia no cabiendo / no bastó le miren usurpando / y este sepulcro le sobró muriendo”.
Iturriaga estaba en estado de avanzada edad y sufría de la dolorosa Gota o “perlesía”. Quería separase del mando y no lo hacía por evitar que Moreno de Mendoza ejerciera las dos comandancias. De manera que tan pronto Moreno fue sustituido por Manuel Centurión, Iturriaga se fue lejos de Guayana buscando otros aires para su quebrantada salud y le dejó a Centurión todo su poder y un bando para que se hiciera público en Real Corona (Moitaco) y Ciudad Real (Las Bonitas). El mismo día 18 de febrero de 1767 el sargento Francisco Muñoz encomendado para tal fin dijo lo siguiente: “Lo publiqué a toque de caja de guerra, por voz de Juan Andrés, negro esclavo, que hizo el oficio de pregonero, acompañado de cuatro soldados de tropa armados”.


El Gobernador Manuel Centurión, aparte de haber consolidado la unidad territorial de la provincia y fomentado a gran escala su demografía construyendo sólo en la ciudad capital 20 edificios y 200 casas,  dio luz verde al mestizaje entre indios y blancos y se hizo la vista gorda del apareamiento de éstos con los negros, de allí el color pardo acentuado de la tipología del guayanés.  (AF)