sábado, 3 de agosto de 2013

EL PARAÍSO EQUIVOCADO DE COLÓN


RECORRIDO ANECDÓTICO

POR LA HISTORIA DE GUAYANA
Américo Fernández

Grandes indicios son estos del Paraíso Terrenal, porque el sitio es conforme a la opinión de estos santos y sanos teólogos y así mismo las señales son muy conforme, que yo jamás leí ni oí tanta cantidad de agua dulce fuese así dentro y vecina con la salada.
         Esto escribió el Almirante en la mañana del 2 de agosto de 1498 cuando asomó a su vista el grandioso río de los uriaparias que ahora conocemos como Orinoco, suerte de decantación de los primitivos Uriñoko, Uriñik, Riñoko.
         Cavilaba  que por el delta del gran río tal vez asomaba el Paraíso Terrenal.  Él que navegaba desde hacía seis años, y ésta era la tercera travesía, lo barruntaba, pues en esa tarea andaba, tratando de encontrar ruta diferente para llegar por el Oriente, a la tierra que maravilló a Marco Polo; a la tierra del Gran Kan Kalilai.  Acaso ¿no lo testificaban las sagradas escrituras?  La Sacra Escritura testifica que Nuestro Señor hizo el Paraíso Terrenal en el Oriente y en él puso el Árbol de la vida.
El Paraíso terrenal o Jardín del Edén, en los tres primeros capítulos del libro del Génesis, aparece como la primera residencia de la humanidad donde vivieron Adán y Eva. El Edén se menciona en otros libros del Antiguo Testamento como lugar de gran fertilidad  y el nombre de por sí sigue evocando un lugar idílico.
Pero geográficamente ¿donde se ubicaba?  Aunque los especialistas contemporáneos tienden a considerar las descripciones bíblicas como imaginarias, la ubicación geográfica del Edén continúa en discusión. Colón frente al gran estuario del Orinoco creyó por un momento haber despejado la gran incógnita.
         Muchos años después de la muerte de Colón, historiadores connotados como el cronista y jurista hispano del siglo XVII, Antonio León Pinedo, ubicaban en América el Paraíso Terrenal, tal vez siguiendo las conjeturas colombinas.
Gregorio Gallegos, biógrafo de Colón dice en el capítulo referente a su tercer viaje que la exploración de la Península de Paria le hizo pensar que había descubierto el Paraíso Terrenal y que el Orinoco descendía del mismo Paraíso.  Razón tenía en sentirse maravillado de aquel bellísimo paisaje y la dulzura del clima.  Peo  Colón seguía aferrado a la idea de Asia.  Su creencia, como dice Las Casas se basaba en los textos de Pierre D´Ailly, el Génesis, Tolomeo y Séneca.  Ni siquiera se daba cuenta, como escribiera Morales Padrón “que había entrado en contacto con nueves culturas;  los indígenas estaban dotados de una mejor civilización que los antillanos, expresada en grandes canoas con cabina, en tejidos de algodón, en metalurgia (guamin, mezcla de oro y cobre), flechas envenenadas  y en el uso de la chicha”.
El fraile dominico Bartolomé de Las Casas, escribirá después que al abandonar las costas venezolanas para dirigirse a la Española, el almirante “vino ya en conocimiento que tierra tan grande no eran islas, sino tierra firme”.  En la fabulosa mente colombina la incertidumbre  le iba acercando cada vez a la verdad.
Pero lo que más trascendió y llamó la atención de aquel tercer viaje de Colón fue lo que vieron y comentaron los tripulantes de las barcas y que el Almirante dejó sentado en su diario de abordo:  “Llegué allí una mañana a hora de tercia, y por ver esta verdura y esta hermosura acordé surgir y ver esta gente de los cuales vinieron en canoa a la nao, arrogarme de parte de su rey que descendiese en tierra.  Y cuando vieron que no curé de ello, vinieron a la nao infinitísimo en canoas,  y muchos traían piezas de oro al pescuezo y algunos atados a los brazos algunas perlas:  holgué mucho cuando las vi, y procuré mucho de saber donde la  hallaban, y me dijeron que allí de  la parte del Norte de aquella tierra”. (AF)



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